La CNTE y la obstinación como estrategia

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Pos, ¿qué creen? Por más que una parte del gremio insista en justificarlos, los hechos hablan por sí solos: lo que hace la CNTE no es magisterio, es una estrategia de desestabilización disfrazada de lucha social. No hay voluntad de acuerdo, ni real interés por el diálogo. Lo que hay es un guion repetido que mezcla violencia, irracionalidad y la negación sistemática de cualquier propuesta que no se ajuste a sus términos absolutos.

Ayer, una vez más, los vimos actuar como vándalos y no como docentes. Con el rostro cubierto, arremetieron contra una de las puertas de la Secretaría de Gobernación en Bucareli, lanzaron piedras, rompieron ventanas y dañaron vehículos oficiales. ¿Qué clase de maestro es ese que se escuda tras un pasamontañas para tirar tabiques? ¿Quién puede, con honestidad, decir que esos métodos representan una legítima demanda educativa?

Y es que no se trata de desconocer las exigencias históricas del magisterio ni de minimizar sus reclamos sobre leyes injustas, como la del ISSSTE o la reforma educativa. Pero de eso a justificar la violencia hay un abismo. Una cosa es exigir, otra muy distinta es chantajear a la nación a punta de caos.

Resulta y resalta que el gobierno federal ha insistido, una y otra vez, en mantener el diálogo abierto. La presidenta Claudia Sheinbaum ha dado muestras claras de que no piensa cerrar la puerta al debate ni a la negociación. Pero la CNTE parece no escuchar. Es más, parece no querer escuchar. Su presencia en las mesas de trabajo es meramente testimonial: asisten no para encontrar soluciones, sino para preparar el siguiente estallido mediático o callejero.

Dicen que no hay voluntad política. ¿Y cómo se llama sentarse a negociar durante horas en Gobernación con los secretarios del ramo? ¿Cómo se llama ofrecer propuestas concretas —aceptadas por otros sectores— que ellos desechan por considerarlas insuficientes? Se les ha dicho que el margen fiscal tiene límites, que hay avances posibles, pero ellos persisten en exigirlo todo. Y si no es todo, entonces es nada.

Mientras tanto, millones de alumnos están sin clases. El derecho a la educación vuelve a ser pisoteado por quienes se suponen sus principales defensores. Y lo peor es que lo hacen con cinismo, como si no pasara nada. Como si dejar a un niño de Oaxaca, Chiapas o Guerrero sin aprender a leer y escribir fuera un daño menor, un simple costo colateral.

Hoy vivimos una contradicción insostenible, porque quienes dicen luchar por el pueblo, castigan directamente al pueblo. La educación pública es el mayor instrumento de justicia social que tenemos, pero la CNTE, empecinada en sus formas violentas, ha decidido convertirla en rehén. Se han instalado en una lógica perversa donde cualquier intento de acuerdo que no provenga de ellos es traición. Donde la violencia es aceptable si viene de su lado. Donde el diálogo solo sirve como fachada mientras preparan su siguiente embestida.

No hay ruptura, dicen. Pero lo cierto es que el diálogo real, ese donde las partes se escuchan y ceden, ya no existe. Lo que hay es una coreografía del conflicto que solo beneficia a los liderazgos de la CNTE. Y no, eso no es magisterio. Eso es otra cosa.

Por eso somos ls rompenueces.

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