Pos, ¿qué creen? Por más que lo intentan, no les queda nada. La oposición mexicana —esa que antes se envolvía en discursos sobre legalidad y democracia— ha reducido su existencia política a un solo acto repetitivo: impugnar, golpetear, sembrar duda. Perdieron en las urnas, perdieron en el discurso público y ahora, en un acto desesperado, corren a tocar las puertas de la Suprema Corte con las manos vacías pero con la voz afilada por el resentimiento.
Ahí están el PRI y el PAN, y detrás de ellos, como siempre, Claudio X. González y sus satélites: asociaciones “ciudadanas” que solo son la envoltura fina de los intereses de siempre. Presentan impugnaciones, protestan porque en la elección judicial —organizada con plena legalidad por el INE— hubo “acordeones” o guías de votación. Guías que, por cierto, fueron permitidas por la propia autoridad electoral. Pero en su narrativa, todo lo que no les favorece es trampa, todo triunfo ajeno es sospechoso. No les importa lo absurdo: su apuesta es que la confusión siempre deja rédito.
Lo que realmente les molesta no es el método, sino el resultado. Les duele que el pueblo haya votado —por primera vez en la historia— para renovar al Poder Judicial. Les ofende que ya no son ellos quienes ponen y disponen en lo oscurito. Por eso lanzan recursos ante la Corte, no con la esperanza real de ganar, sino con el objetivo de enrarecer el ambiente, de seguir manchando un proceso inédito que, les guste o no, fue una victoria ciudadana.
Y es que es patético ver a personajes como Alejandro Moreno o Santiago Torreblanca sostener que los acordeones violaron la equidad, como si su historia política estuviera limpia. Ellos, que hicieron del reparto de cargos un deporte nacional. Ellos, que mantuvieron un Poder Judicial plagado de complicidades y corrupción, ahora se rasgan las vestiduras porque una jueza o un magistrado fue electo con millones de votos. Vaya hipocresía.
Resulta y resalta que Claudio X. González, por su parte, ha hecho de la “litigación estratégica” un modus vivendi: perder en las urnas y correr a los tribunales con argumentos reciclados, notas periodísticas y montones de papel. Su apuesta es judicializar la democracia. No ganar el apoyo del pueblo, sino deslegitimar cualquier proceso donde el pueblo decida.
Lo cierto es que la elección fue válida. Hubo participación, hubo reglas, hubo observación. El INE declaró la legalidad de los resultados. ¿Y qué hace la oposición? Impugna todo, incluso lo que no entiende. Repite las mismas frases en todos los recursos. Clona argumentos. Clama por una independencia judicial que nunca respetaron cuando tuvieron el poder.
Este berrinche no es por la democracia. Es por la pérdida de sus privilegios. Por ver cómo el país gira sin ellos. Por comprobar que ya no son necesarios, que sus estrategias de élite y su lenguaje tecnocrático no alcanzan para conectar con la gente.
Si la Corte cede a sus presiones, quedará manchada de complicidad. Pero si actúa con dignidad, archivará esos recursos donde corresponde: en el basurero de la historia, junto con todas las estrategias de quienes no saben perder.
Porque aquí no se discute el uso de acordeones, sino el miedo a que el pueblo decida. Y ese, señores de la oposición, es un miedo que ya los rebasó.
Por eso somos los rompenueces.









