Pos, ¿qué creen? Por más de medio siglo, Estados Unidos ha sostenido con firmeza una política exterior que repite, como mantra, la promesa de no negociar con terroristas. Sin embargo, a casi un año de la detención de Ismael “El Mayo” Zambada, figura histórica del Cártel de Sinaloa, en territorio mexicano —y trasladado después a El Paso, Texas—, esa narrativa empieza a resquebrajarse. El silencio, la opacidad y la ausencia de una explicación clara de parte del gobierno estadounidense sobre las condiciones de su captura alimentan una sospecha cada vez más difícil de ignorar: sí negocian con terroristas. Y lo hacen con cinismo.
Y es que lo que ocurre en las cortes estadounidenses es revelador. En Chicago, Ovidio Guzmán López, uno de los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán, se apresta a declararse culpable de varios de los 22 cargos que se le imputan. Pero lo que más llama la atención no es la contundencia del expediente, sino lo contrario: las acusaciones cambian, se retiran, se renegocian. Un día son considerados “los criminales más buscados del planeta”, y al siguiente, hay acuerdos que los benefician. ¿Cómo se explica ese doble discurso?
Resulta y resalta que a ojos del mundo, las organizaciones criminales mexicanas han sido clasificadas por Washington como amenazas terroristas. Bajo ese encuadre, se justifican intervenciones, presiones diplomáticas y listas negras. Pero ¿qué ocurre cuando esa lógica choca con la realidad de sus propias acciones legales? ¿Por qué se retiran cargos tan graves tras acuerdos cerrados en la sombra?
La detención de El Mayo Zambada —la figura más esquiva del narcotráfico mexicano— no ha sido aclarada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos. No hay comunicado oficial, no hay detalle sobre el operativo ni información sobre la colaboración binacional. ¿Fue una entrega negociada? ¿Participaron agencias mexicanas? ¿Qué acuerdos hubo para evitar una crisis en Sinaloa, donde Zambada es visto más como patriarca que como prófugo? Las respuestas no llegan.
Pos este tipo de omisiones debilitan la legitimidad de cualquier estrategia antidrogas. Más aún cuando, del lado mexicano, las instituciones han exigido claridad. La Fiscalía General de la República ha solicitado información puntual sobre la captura de Zambada, sin recibirla. Y mientras tanto, en los despachos de la frontera norte, las reuniones bilaterales se repiten, sin que se mencione lo esencial: ¿cuáles son las reglas del juego cuando Estados Unidos actúa en suelo mexicano sin transparencia?
Ansina que el argumento del combate frontal al crimen organizado pierde sustento cuando se retiran cargos a narcotraficantes a cambio de declaraciones o acuerdos procesales. Si son considerados terroristas, como se ha declarado en más de una ocasión, ¿por qué se negocia con ellos? La única explicación posible es la que nadie quiere asumir: que la guerra contra las drogas también se libra en tribunales, con la ley como herramienta de presión, y con la hipocresía como telón de fondo.
Más grave aún, es que han circulado investigaciones sobre transferencias millonarias entre el Cártel de Sinaloa y casas de bolsa estadounidenses, como Vector Casa de Bolsa, señalada por lavado de dinero. ¿Hubo cooperación del sistema financiero? ¿Complicidad? ¿Silencio cómplice? La red de intereses que se teje en torno al narcotráfico no se limita a los capos armados; llega también a los bancos, los juzgados y los acuerdos políticos.
En un contexto en el que la violencia continúa desangrando regiones enteras de México, el discurso oficial estadounidense pierde toda legitimidad si no se acompaña de hechos. La narrativa moralista de “nosotros no negociamos con terroristas” se derrumba frente a los expedientes judiciales repletos de omisiones, cancelaciones y pactos.
Hoy, el mundo observa con escepticismo. Si Estados Unidos no quiere admitir que negocia con criminales, al menos debería tener la honestidad de explicar por qué El Mayo fue detenido, cómo fue entregado y bajo qué condiciones. Porque si algo es seguro, es esto: el silencio también es una forma de complicidad.
Por eso somos los rompenueces.









