La resistencia contra Trump

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Pos, ¿qué creen? Por décadas, el racismo en Estados Unidos ha tenido distintos rostros. A veces es sutil, otras brutalmente evidente. Con Donald Trump al mando, se institucionalizó. Su gobierno convirtió el odio en política pública y la persecución migratoria en espectáculo. Los mexicanos fuimos su blanco predilecto: “criminales, violadores y traficantes”, nos llamó alguna vez. Pero no fueron solo palabras: fueron redadas, detenciones arbitrarias, niños separados de sus padres, centros de detención inhumanos y una maquinaria de miedo operando a toda hora.

En Nueva York, reportaron medios gabachos, Youman Wilder, entrenador de un equipo juvenil de béisbol, se plantó frente a agentes migratorios para proteger a unos adolescentes. Dijo: “Estaba listo para morir si era necesario”. ¿Hasta dónde ha llegado este país cuando un ciudadano afroamericano se ve obligado a poner su vida en juego para frenar a sus propios agentes? Esta escena no ocurrió en la Alabama segregada de los años 60, sino en 2025, bajo el legado de Trump.

Y es que en otras partes del país, la resistencia crece: bomberos que bloquean redadas, grúas que hacen desaparecer camionetas del ICE, choferes de autobuses que se niegan a abrir sus puertas si hay agentes esperando. Es la decencia popular enfrentando al Estado.

Y mientras eso ocurre, en Texas, rescatistas mexicanos salvan vidas tras una inundación. La ironía no pasó desapercibida: mientras en un estado se deportan mexicanos, en otro los mismos mexicanos salvan estadounidenses. Un recordatorio brutal de quiénes somos y qué valoramos frente a un gobierno que solo supo levantar muros.

Resulta y resalta que la represión no distingue edades ni estatus. Carlos Martín González, joven mexicano con visa vigente, fue detenido en Florida junto a su hermano y enviado al infame centro de detención conocido como “Alcatraz de los Caimanes”. Como en otros casos, sus familiares no supieron de ellos durante días. Las detenciones sin aviso, el ocultamiento del paradero, ¿cómo no llamarlas desapariciones forzadas?

Frente a eso, la defensa no vino solo de organizaciones de derechos humanos o abogados: fueron las propias comunidades migrantes —oaxaqueños en California, michoacanos en Chicago, jornaleros en Georgia— quienes se organizaron. También medios comunitarios, radios bilingües y líderes religiosos que llamaron por su nombre a las redadas: terrorismo interno.

El cardenal Robert McElroy no se contuvo: «moralmente repugnantes», dijo. El arzobispo de Detroit marchó frente a ICE, y su colega en Miami denunció los centros de detención como lo que son: jaulas modernas.

Y la cultura no fue indiferente porque los Tigres del Norte y Woody Guthrie pusieron música a la rabia. Bruce Springsteen, Lin-Manuel Miranda y decenas más denunciaron esta cacería. Porque sí, lo que vivimos fue una cacería racial.

Trump no solo dividió a Estados Unidos; dividió familias, sembró odio, marcó a niños con traumas que durarán toda la vida. Su legado es la criminalización del migrante, del latino, del otro.

Hoy más que nunca debemos recordarlo: el racismo no se combate solo con leyes, sino con memoria. Y nosotros, los mexicanos, no olvidamos.

Por eso somos los rompenueces.

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