El eco que Israel quiere borrar

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Pos, ¿qué creen? Hay muertes que no solo apagan vidas, sino que buscan extinguir la memoria. En Gaza, donde cada día se cuenta en cifras rojas, ayer se sumó un golpe que va más allá de las fronteras de la guerra: dos corresponsales y tres camarógrafos de Al Jazeera fueron asesinados en un bombardeo israelí sobre su carpa de trabajo, junto al hospital Shifa. La carpa estaba claramente identificada como puesto de prensa, pero eso no importó. En Gaza, las etiquetas de “periodista” o “civil” parecen no ofrecer más protección que una hoja en medio del fuego.

Y es que Anas Al Sharif, de 28 años, una de las voces más reconocidas en el enclave palestino, fue uno de ellos. Antes de morir, dejó en su cuenta de X un mensaje que hiela la sangre: “Este es mi último testamento. Si estas palabras te llegan debes saber que Israel ha logrado matarme y silenciar mi voz. No se olviden de Gaza… Y no me olviden en sus sinceras oraciones de perdón y aceptación”. En un mundo que presume de libertad de prensa, estas palabras deberían ser un aldabonazo en la conciencia global.

Resulta y resalta que Israel, en su respuesta, no se limitó a justificar el bombardeo como un “daño colateral”. Afirmó que Al Sharif era jefe de una célula de Hamas, responsable de ataques con cohetes. Tal vez para Tel Aviv sea suficiente esa afirmación para borrar la indignación. Pero no es casual que este guion se repita una y otra vez: periodista muerto, acusación de militancia, silencio de las potencias occidentales.

El director del hospital Shifa, Muhammad Abu Salmiya, confirmó que en total murieron siete personas en el ataque. Reporteros Sin Fronteras dijo estar “horrorizado”. El Sindicato de Periodistas Palestinos lleva la cuenta: 232 comunicadores asesinados por las Fuerzas de Defensa de Israel; 10 de ellos, de Al Jazeera, desde que comenzó la ofensiva en 2023. La estadística no se esconde: matar periodistas no es un accidente aislado, es una constante de esta guerra.

Mientras tanto, el primer ministro Benjamin Netanyahu anuncia que autorizará la entrada de más periodistas extranjeros a Gaza. ¿Ironía o cinismo? Porque si la cobertura de la guerra consiste en permitir que cámaras foráneas capten las ruinas, pero silenciar las voces locales que conocen el terreno, lo que se construye no es periodismo, sino propaganda.

La prensa palestina no solo documenta la guerra: la vive, la respira, la entierra. Y cada vez que un periodista local muere, no desaparece solo un testigo, sino también un puente entre el horror y el resto del mundo. El mensaje que Israel envía al bombardear carpas identificadas como prensa es tan brutal como claro: no quieren que sepamos qué pasa en Gaza más allá de sus versiones oficiales.

Pero la voz de Anas Al Sharif no se borra con misiles. Está en las imágenes que dejó, en sus crónicas, en ese último mensaje que viaja más allá de la muerte. Porque mientras haya quien lo repita, Israel no habrá logrado silenciarlo del todo.

Por eso somos los rompenueces.

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