Pos, ¿qué creen? La historia no se escribe con cifras, pero en ocasiones las cifras son las únicas capaces de transmitir la magnitud de una tragedia. Hoy la ONU declaró lo que desde hace meses venían advirtiendo sus expertos: Gaza enfrenta una hambruna. Medio millón de personas, dos tercios de la población, sobreviven en condiciones “catastróficas”. Y no es un desastre natural, ni una fatalidad inevitable: es una tragedia fabricada, con nombre y apellido, responsabilidad directa de Israel.
Y es que el hambre no cayó del cielo sobre Gaza, fue planificada con bloqueos, restricciones y la obstrucción sistemática del ingreso de ayuda humanitaria. El director de la Oficina de Asuntos Humanitarios de la ONU fue claro: “Esta hambruna podría haberse evitado sin la obstrucción de Israel”. Es decir, el hambre no es un accidente de la guerra, es un arma de guerra. Y el Alto Comisionado de la ONU lo ratifica: utilizar el hambre con fines militares constituye un crimen de guerra.
Lo escandaloso es que, frente a la evidencia de niños con vientres vacíos, familias enteras rebuscando entre escombros, madres suplicando por harina, Israel se permite responder con negaciones: “No hay hambruna en Gaza”. El Ministerio de Exteriores rechaza lo que ve el mundo entero, lo que documentan periodistas y organismos internacionales, lo que muestran cada día los campamentos atestados de cuerpos frágiles y miradas rotas. No es negacionismo ingenuo: es una estrategia. Negar el hambre mientras se prepara la destrucción de Ciudad de Gaza, amenazando con convertirla en otra Rafah o Beit Hanun, ciudades arrasadas hasta los cimientos.
Resulta y resalta que la realidad se impone: 62 mil muertos palestinos, en su mayoría civiles, frente a las mil doscientas víctimas israelíes del ataque inicial de Hamas. La desproporción de la violencia no es discutible, ni puede justificarse bajo el argumento del derecho a defenderse. Israel no se limita a defenderse, ha desplegado una maquinaria de exterminio que se expresa en bombardeos indiscriminados, asedio y ahora, en la institucionalización del hambre como táctica.
El discurso oficial intenta revestir esta estrategia de moralidad: “¿Saben quiénes mueren de hambre? Los rehenes secuestrados por Hamas”, declaró con cinismo el embajador estadounidense en Israel. Pero la imagen real no se esconde: multitudes de palestinos, hombres, mujeres, niños, lloran en las calles con ollas vacías en las manos, esperando que algún camión logre atravesar los bloqueos. Si eso no es hambruna, ¿qué lo es?
Mientras tanto, Israel moviliza 60 mil reservistas para conquistar Gaza, promete abrir “las puertas del infierno” sobre la cabeza de quienes no acepten sus condiciones. El lenguaje bélico se convierte en una profecía autocumplida: Gaza ya es un infierno, pero no por la resistencia de Hamas, sino por la decisión política del Estado israelí de someter a toda una población civil a la miseria.
La comunidad internacional se muestra incapaz de detener la catástrofe. El secretario general de la ONU exige un alto al fuego, la liberación de rehenes y un acceso humanitario pleno. Pero Israel no escucha, respaldado por el silencio cómplice de sus aliados, que repiten como eco la justificación del combate al terrorismo mientras cierran los ojos a la dimensión de la masacre.
En Gaza, las cifras se traducen en tragedias individuales: un niño que muere sin probar alimento en días, una madre que entierra a sus hijos bajo los escombros, un anciano que intercambia sus últimos bienes por un trozo de pan. La hambruna no es estadística, es rostro humano. Y cada rostro acusa.
La historia, esa que Israel pretende manipular con discursos de víctima eterna, lo registrará: la hambruna en Gaza no fue un error, fue una política. Y será recordada como lo que es: un crimen contra la humanidad.
Por eso somos los rompenueces.


