Alito y el PRI merecen el olvido absoluto

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Alerta Calor

Pos, ¿qué creen? En política, el ridículo tiene nombre y apellido: Alejandro “Alito” Moreno. El dirigente del PRI, ese partido que alguna vez presumió de ser “institucional” y hoy es apenas un cascarón hueco de intereses personales, ha demostrado en los últimos días que su supervivencia depende más del escándalo y la manipulación que de la legitimidad.

Tras ser denunciado penalmente por Gerardo Fernández Noroña por agresiones físicas y amenazas, y con un proceso de desafuero en puerta, Alito decidió envolverse en el disfraz de víctima perseguida. La estrategia es vieja y gastada: culpar al adversario, decir que “lo empezaron los dos”, minimizar la evidencia, presentarse como mártir de la democracia. Lo que en realidad vemos es un dirigente que, incapaz de sostener su liderazgo con hechos o con votos, recurre al espectáculo.

Resulta y resalta que el colmo llegó con su marcha de “rescate del campo” en Paseo de la Reforma, una movilización que apenas reunió a 300 personas —un número ínfimo frente a las multitudes que se movilizan en causas auténticas— y que terminó convertida en mitin personal. De traje pasó a jeans y camisa roja, como si el cambio de vestuario pudiera borrar la memoria de sus excesos como gobernador de Campeche o de los audios que lo exhibieron como un político dispuesto a todo, desde presionar empresarios hasta amenazar periodistas.

El PRI, bajo su mando, se ha transformado en caricatura de sí mismo. De ser un partido hegemónico, pasó a ser el peor lastre de la política mexicana. La decadencia no se explica solo por los errores de coyuntura, sino por la corrupción sistemática que incubaron y que Alito representa con crudeza. Mientras él grita en mítines que Morena es “narcopolítico” o que México está en camino a ser “Venezuela”, la gente recuerda que fue precisamente el PRI quien sumió al país en la violencia de la guerra contra el narco, quien entregó instituciones al saqueo, quien normalizó la impunidad.

La victimización de Alito ante la Copppal, denunciando persecuciones imaginarias en 110 congresos del mundo, no es más que un intento de exportar su farsa. Nadie con memoria histórica o mínima decencia democrática puede creer que este personaje represente a la oposición, ni mucho menos al pueblo mexicano.

Y es que la realidad es que el PRI merece desaparecer. No solo por ser un partido en ruinas, sino porque simboliza lo peor que le ha pasado a México: la corrupción enquistada como sistema, la violencia institucionalizada, el despojo de generaciones enteras. La sobrevivencia del tricolor solo prolonga la agonía de una oposición que no encuentra rumbo porque depende de figuras tan desprestigiadas como Moreno.

Los gritos de “¡no estás solo!” de sus militantes no son más que eco en una caverna vacía. Aferrarse a un líder como Alito es cavar la tumba definitiva del PRI, y quizá eso sea lo mejor que le pueda pasar a la democracia mexicana. Porque un país que se sacude de partidos parasitarios y de dirigentes que viven del chantaje y la simulación, es un país que avanza.

Alito y el PRI han dejado claro que su tiempo terminó. La historia ya los condenó; lo que falta es que la sociedad los entierre políticamente para siempre.

Por eso somos los rompenueces.