Pos, ¿qué creen? En la solemnidad del Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum presentó su primer Informe de Gobierno con un mensaje claro: la Cuarta Transformación no es un proyecto efímero, sino una ruta de Estado que sigue desmontando los andamios del viejo neoliberalismo. El énfasis estuvo puesto en los logros sociales, medibles y verificables, como el hecho de que México se ha convertido en el segundo país con menor desigualdad en el continente, sólo detrás de Canadá. Un dato contundente que desmonta el discurso opositor, ese que insiste en repetir, con eco gastado, que vivimos en el abismo.
Con 850 mil millones de pesos destinados en 2025 a programas sociales —equivalentes al 2.3% del PIB—, la presidenta recordó que este no es un gasto, sino la mayor inversión social en la historia de México: 32 millones de familias beneficiadas, una redistribución real que en el pasado se consideraba innecesaria, cuando el dogma era dejarlo todo al mercado.
Y sin embargo, mientras se muestran cifras concretas —la reducción del coeficiente de Gini de 0.426 a 0.391, la ampliación de matrícula educativa, la inauguración de hospitales y viviendas, el reconocimiento constitucional de pueblos indígenas y afromexicanos como sujetos de derecho—, la oposición persiste en la negación. No importa qué tan sólidos sean los datos ni qué tan tangibles los resultados; su estrategia sigue siendo la misma: cerrar los ojos, agitar fantasmas y repetir la letanía de que “todo va mal”.
Esa cerrazón no es inocua. No se trata únicamente de un pleito político, sino de una irresponsabilidad histórica. Porque al negarse a reconocer los avances, la oposición también desconoce a millones de mexicanas y mexicanos que hoy tienen acceso a becas, pensiones, vivienda, educación y salud. Insistir en que todo es un espejismo es, en el fondo, negar la dignidad del pueblo al que dicen representar.
El contraste es evidente. Mientras la 4T construye nuevos programas como la Pensión Mujeres Bienestar, la beca Rita Cetina o el esquema Salud Casa por Casa, los partidos de oposición se dedican a reciclar argumentos caducos y a inflar verdades a medias. Mientras Sheinbaum presume reformas constitucionales históricas y la igualdad sustantiva de género como bandera, ellos prefieren seguir añorando la “estabilidad” de un pasado que fue, para la mayoría, sinónimo de exclusión y saqueo.
Se equivocan quienes creen que la crítica se construye con insultos vacíos o con la obstinación de negar lo evidente. La verdadera crítica requiere propuestas, alternativas, debates serios. Pero hoy, lo único que ofrecen PAN, PRI y PRD es la caricatura de la oposición: una maquinaria de ruido que pretende sobrevivir con titulares alarmistas y con la invención de catástrofes imaginarias.
La presidenta Sheinbaum, en cambio, ofreció datos, planes y resultados. Y en ese contraste, cada ciudadano puede decidir de qué lado se encuentra la verdad. Lo que se vivió en Palacio Nacional no fue un ejercicio de propaganda, sino un recuento de hechos que marcan un cambio de época: la oscura noche neoliberal quedó atrás y lo que inicia es, con todas sus dificultades, un amanecer de derechos, justicia y bienestar.
La oposición, si quiere ser algo más que un eco vacío, deberá aprender a mirar de frente esa realidad. De lo contrario, quedará atrapada en el papel que ya ha elegido: el de narradores de una ficción que la mayoría del país dejó de creer hace tiempo.
Por eso somos los rompenueces.


