Trump, como loco en la ONU

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Pos, ¿qué creen? Donald Trump volvió a ocupar el podio ayer de la Asamblea General de las Naciones Unidas para proclamar, con la arrogancia que lo caracteriza, que Estados Unidos es el único país capaz de salvar al planeta. Con frases grandilocuentes y gestos de soberbia, descalificó a los 193 Estados miembros, acusándolos de “irse al infierno” por la inmigración y por creer en el cambio climático, al que catalogó como un engaño.

Y es que el discurso no sorprendió porque fue la repetición de la narrativa imperial que ha acompañado a Estados Unidos desde hace décadas, pero con el añadido grotesco de un mandatario que mezcla autoritarismo con espectáculo. Trump se autoproclamó pacificador, alardeando de haber “terminado siete guerras en siete meses”, mientras su gobierno sigue desplegando tropas en su capital y ordenando bombardeos en América Latina, como los ataques a lanchas frente a las costas de Venezuela.

No es la primera vez que el magnate convertido en presidente confunde liderazgo con sometimiento. Su “mano amiga” viene siempre acompañada de condiciones, amenazas y desprecio por el derecho internacional. Frente a líderes que hablaron de cooperación, cambio climático y justicia social, Trump despotricó contra los refugiados, negó la crisis ambiental y se burló del organismo mundial que lo escuchaba. En lugar de tender puentes, ridiculizó a la ONU con anécdotas personales y quejas por escaleras mecánicas descompuestas.

Resulta y resalta que el racismo y la xenofobia fueron, otra vez, el corazón de su mensaje. Para Trump, los migrantes son “veneno” que invade países, Europa está “en serios problemas” por abrir sus fronteras y América Latina sólo aparece en su radar como proveedor de drogas o como territorio para imponer bombardeos. Lo que no dijo es que millones de esas personas huyen de guerras alentadas por Washington, de economías devastadas por tratados impuestos desde el norte y de regímenes que la Casa Blanca ha sostenido mientras le convienen.

Lo más preocupante, pues, no es únicamente su visión imperialista hacia el mundo, sino lo que ocurre dentro de su propio país. Estados Unidos se ha convertido, bajo su mano, en un laboratorio de autoritarismo: se censura a medios de comunicación, se persigue judicialmente a opositores, se criminaliza la protesta social. Lo que alguna vez se presentaba como “la democracia más sólida del planeta” empieza a parecerse a una dictadura envuelta en banderas y discursos de libertad.

Como un loco, Trump acusa al cambio climático de ser un invento, mientras su gobierno se retiró del Acuerdo de París y bloquea cualquier iniciativa que limite la voracidad de las corporaciones energéticas. Arremete contra la ONU por “palabras huecas”, pero su administración ha dejado de pagar cuotas, abandonado organismos internacionales y atacado al Consejo de Derechos Humanos. Se autoproclama pacificador, pero alimenta la guerra en Ucrania con consejos absurdos a la OTAN y respalda sin fisuras el genocidio en Gaza al culpar únicamente a Hamas.

Su visión mesiánica raya en lo delirante: mientras el secretario general Guterres y líderes como Lula da Silva clamaban por unidad ante el hambre, la desigualdad y el colapso ambiental, Trump exigía muros, fronteras cerradas y petróleo barato. El contraste no pudo ser más brutal: donde el mundo pedía solidaridad, Trump ofrecía castigo.

En el fondo, su discurso revela algo más profundo, ya que Estados Unidos no quiere ser parte de la comunidad internacional, quiere ser su dueño. La diferencia entre la retórica de salvador y la práctica de verdugo es abismal. El “salvador del mundo” que Trump presume es, en realidad, el promotor del caos global, de la explotación y de la censura.

Y ahí está el verdadero peligro, ansina pues que no se trata de un payaso aislado con micrófono, sino del presidente del país más poderoso del planeta, con capacidad de decidir guerras, sanciones y bloqueos que afectan a millones. Mientras él se regodea en sus delirios de grandeza, el mundo enfrenta crisis que requieren cooperación genuina.

Trump pretende pasar a la historia como el hombre que rescató al planeta del “infierno”. La realidad es más cruda: bajo su mandato, Estados Unidos se hunde en un autoritarismo cada vez más evidente, y con él arrastra a todos aquellos países que aún creen en la farsa del salvador americano. Es un loco.

Por eso somos los rompenueces.

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