Pos, ¿qué creen? En México nacen cada vez menos niños. No es una metáfora ni una percepción ligera: lo confirman los datos del Inegi. En 2024 se registraron un millón 672 mil 227 nacimientos, una caída del 8.16 por ciento respecto al año anterior y la cifra más baja desde 2020. Si echamos la vista atrás, la brecha impresiona: en 2015 fueron más de 2.3 millones. Algo profundo está cambiando en la manera en que las nuevas generaciones conciben la maternidad y la paternidad.
La explicación fácil es culpar a la economía. Y sí, criar hijos en un país donde la inflación, los salarios precarios y el costo de la vivienda pesan más que cualquier deseo romántico, suena casi a acto de fe. Pero reducirlo solo a eso sería una forma de esquivar la complejidad del fenómeno. Porque lo cierto es que no se trata solo de falta de dinero, sino de un cambio cultural.
Y es que las cifras revelan que cada vez más mujeres retrasan la maternidad. La edad predominante de las madres al momento del nacimiento se concentra entre los 20 y los 29 años, pero cada vez son menos las que deciden tener hijos en esas edades. En paralelo, la Ciudad de México, Yucatán e Hidalgo muestran las tasas más bajas de nacimientos. ¿Coincidencia? No tanto. Son también los lugares donde la modernidad, las aspiraciones profesionales y el acceso a la educación han modificado los proyectos de vida.
En en este punto aparece la pregunta incómoda. ¿Las nuevas generaciones prefieren mascotas en lugar de hijos? Basta mirar las calles de las grandes ciudades para notar la proliferación de carriolas para perros, spas felinos y seguros médicos para gatos. El cariño por los animales ha pasado de ser un accesorio de compañía a un sustituto emocional de la familia tradicional. Tener un perro implica responsabilidades, sí, pero también da la opción de libertad: se puede viajar, mudarse, improvisar la vida sin la rigidez de la crianza. Un hijo, en cambio, supone un compromiso irreversible.
Quizás estemos presenciando el derrumbe del mandato cultural que por siglos dictó que la plenitud de la vida pasaba por la descendencia. Hoy, muchas mujeres y hombres se sienten plenos viajando, estudiando, cuidando de sí mismos o compartiendo la vida con una pareja sin hijos. La autonomía se ha vuelto más deseable que la tradición.
No obstante, no conviene idealizar este cambio sin observar sus consecuencias. Una sociedad con menos nacimientos también es una sociedad que envejece rápido. La pirámide poblacional mexicana ya empieza a invertirse: menos jóvenes sostendrán en el futuro a más adultos mayores. ¿Estamos preparados para ese escenario? ¿O seguimos pensando que el “bono demográfico” es infinito?
El descenso en los nacimientos no es un fenómeno exclusivo de México; se replica en buena parte del mundo. Pero en nuestro país se combina con desigualdades enormes: mientras Chiapas registra las tasas más altas de natalidad, la Ciudad de México apenas sostiene cifras mínimas. Es un espejo de nuestras fracturas sociales.
La pregunta queda abierta: ¿es esta baja en la natalidad una señal de libertad conquistada o de un futuro comprometido? Tal vez ambas cosas. Lo cierto es que las nuevas generaciones parecen haber decidido que la vida no se mide en cunas ni en fiestas de revelación de género. La familia mexicana ya no es la misma de antes, y quizá nunca vuelva a serlo.
Por eso somos los rompenueces.









