¿Qué significa que en una marcha por la memoria del 2 de octubre la violencia se imponga sobre el recuerdo? ¿Quién gana cuando un homenaje pacífico a los caídos de 1968 termina empañado por saqueos, enfrentamientos y daños al patrimonio histórico?
La movilización en el Centro Histórico de la Ciudad de México, convocada para mantener viva la exigencia de justicia por los estudiantes asesinados en Tlatelolco, derivó en disturbios protagonizados por alrededor de 350 encapuchados del bloque negro. Saquearon comercios, atacaron a policías y dañaron edificios, incluso el Centro Cultural Universitario Tlatelolco, símbolo de la memoria del 68.
Aunque la Secretaría de Seguridad Ciudadana reportó la detención de un saqueador y señaló que los encapuchados portaban bombas molotov, palos y herramientas para forzar cerraduras, el hecho central trasciende lo policiaco: ¿se trató de un acto espontáneo o de una operación política dirigida?
El secretario de Gobierno capitalino, César Cravioto, afirmó que se trató de una “gran provocación” destinada a generar enfrentamientos y desprestigiar a la administración capitalina. Entonces, ¿a quién beneficia el caos? ¿Podría ser parte de una estrategia de sectores opositores —el PRIAN entre ellos— para proyectar la imagen de ingobernabilidad y debilitar al gobierno en una fecha cargada de simbolismo?
La UNAM condenó los daños al CCU Tlatelolco, recordando que ese espacio está dedicado a preservar la memoria del 68. El ataque, más que un simple vandalismo, parece un intento deliberado de golpear la memoria colectiva y de reescribir la narrativa de una lucha histórica que siempre fue pacífica.
La pregunta queda abierta: ¿se busca realmente recordar a los caídos o aprovechar la fecha para manipular el descontento y sembrar miedo? ¿Quién usa la violencia como estrategia y con qué fines políticos?









