La diferencia en el PAN y Morena

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Alerta Calor

Pos, ¿qué creen? Hay partidos que creen que cambiar de piel es suficiente para sobrevivir. El PAN acaba de estrenar logotipo, un rediseño que presume modernidad, pero que en el fondo conserva el mismo tuétano: los mismos rostros, los mismos intereses, la misma estructura agotada que hace años perdió la brújula ideológica. Una nueva cara para el mismo conservadurismo que no logra conectar ni con los jóvenes ni con los sectores populares, y que parece cada vez más resignado a ser un eco nostálgico de su pasado.

Mientras tanto, Morena avanza en otra dirección. No solo se ha convertido en la fuerza dominante en el país, sino que empieza a consolidar una base electoral cada vez más sólida, especialmente entre los adultos mayores y las mujeres, dos sectores que hoy representan el núcleo más activo del padrón. Según la actualización más reciente del Instituto Nacional Electoral, con corte al 16 de octubre de 2025, las personas de 60 años y más constituyen el 19.79 % de los potenciales votantes del país, un segmento que históricamente ha mostrado lealtad al proyecto de la Cuarta Transformación.

Y es que los datos son elocuentes porque más de 19.6 millones de personas de esa franja etaria tienen credencial vigente, y su participación en las urnas supera el 70 %, muy por encima del promedio nacional del 59.8 % registrado en las elecciones de 2024. No es casualidad. Este grupo ha sido el principal beneficiario de las políticas sociales impulsadas por el gobierno federal, que les devolvieron dignidad, presencia y poder de decisión.

El contraste con el PAN es evidente. Mientras el partido azul busca en el marketing político la salvación de su imagen, Morena consolida su legitimidad en las urnas. En lugar de conferencias de prensa o slogans publicitarios, la 4T cosecha lo que sembró: una red de confianza social que se traduce en votos.

Resulta y resalta, pues, que a esta tendencia se suma un fenómeno de género que la oposición parece no haber entendido: las mujeres no solo son mayoría en la Lista Nominal —4.1 millones más que los hombres—, sino que también participan más activamente en las elecciones. En 2024, su asistencia a las urnas alcanzó el 64.3 %, frente al 54.8 % de los hombres. Esta brecha de casi 10 puntos porcentuales refleja una energía política femenina que se inclina, mayoritariamente, hacia Morena y hacia la presidenta Claudia Sheinbaum.

El PAN, por su parte, se aferra a la foto vieja. Cambia de logotipo como quien pinta la fachada de una casa en ruinas, mientras adentro las goteras siguen creciendo. No hay renovación generacional ni apertura ideológica: los mismos cuadros que han perdido elección tras elección siguen decidiendo por un electorado que se les escapa de las manos.

La derecha mexicana sigue sin comprender que el voto no se conquista con promesas abstractas, sino con resultados tangibles. En las calles, la gente no habla de logos ni de marketing, habla de pensiones, de becas, de estabilidad y de un futuro menos incierto. Ahí es donde Morena sigue marcando la diferencia.

Si los números del padrón dicen algo, es esto: el país se está reconfigurando electoralmente, y la base más fiel del morenismo —adultos mayores y mujeres— no solo crece, sino que vota. El PAN, mientras tanto, sigue mirándose en el espejo de su pasado, confiando en que un nuevo color en su emblema bastará para disimular la ausencia de un proyecto. Pero los tiempos políticos no se maquillan: se enfrentan o se entienden. Y hoy, Morena los entiende mejor que nadie.

Por eso somos los rompenueces.