Trump y la tetera rota

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Alerta Calor

Pos, ¿qué creen? Hay presidentes que actúan como estadistas, y hay otros que reaccionan como niños chiples a los que les quitan su tetera. Donald Trump pertenece, sin duda, al segundo grupo. La última muestra de su temperamento no vino por un asunto de seguridad nacional ni por un conflicto de gran escala, sino por un anuncio de televisión canadiense. Sí, un simple spot que utilizó un viejo discurso de Ronald Reagan bastó para que el magnate se sintiera ultrajado y decidiera romper, de golpe y con “efecto inmediato”, las negociaciones comerciales con Canadá.

Y es que Trump reaccionó como quien ve a su hermano menor jugar con su juguete favorito: pataleando, gritando y acusando de robo. Su furia digital se desplegó en Truth Social, donde acusó a Canadá de “influir ilegalmente” en la Corte Suprema de Estados Unidos. La realidad, sin embargo, es que el spot ni siquiera provenía del gobierno canadiense, sino de la provincia de Ontario, que emitió el anuncio durante un partido de beisbol. Pero para Trump, los matices nunca han sido su fuerte; lo suyo son las hipérboles y las rabietas.

Ansina es que el mandatario gabacho, pues, que suele proclamarse defensor de la libertad de expresión, perdió los estribos porque en el anuncio se escuchaba la voz de Reagan —su ídolo republicano— criticando los aranceles comerciales. En su lógica torcida, cualquier crítica al proteccionismo era una afrenta personal. Así, con el mismo impulso con el que un niño arroja su juguete al suelo, Trump anunció que todas las conversaciones con Canadá quedaban canceladas. Ni una palabra más, ni un análisis sobre las consecuencias económicas, ni una pizca de diplomacia. Solo berrinche.

Resulta y reacciona que el primer ministro canadiense, Mark Carney, reaccionó con la paciencia de un adulto frente a un niño en plena rabieta: dijo que Canadá está listo para continuar las conversaciones “cuando Estados Unidos esté preparado”. En diplomacia, esa frase equivale a ponerle al niño un vaso de leche tibia y decirle: “cuando se te pase el coraje, hablamos”.

Mientras tanto, Trump sigue tuiteando —o “truthando”— contra Canadá, convencido de que el mundo entero conspira contra él. Acusó incluso que los 75 mil dólares del anuncio eran parte de una maniobra internacional para influir en la Suprema Corte. Resulta fascinante ver cómo un expresidente puede convertir un comercial de 30 segundos en un escándalo geopolítico.

Pos lo más preocupante es que estas rabietas ya no son simples anécdotas pintorescas; son síntomas de un estilo de liderazgo que confunde el capricho con la política exterior. Cada tuit de Trump es una orden improvisada, cada enojo una política pública, y cada silencio un riesgo para la estabilidad global.

Reagan hablaba de cómo los aranceles terminan afectando a los trabajadores y consumidores estadounidenses. Trump, en cambio, parece decidido a demostrarlo por la vía práctica: con sus decisiones, contrae mercados, cierra puertas y deja a su país cada vez más aislado.

Si la diplomacia fuera una guardería, Canadá sería la maestra paciente que recoge los juguetes del piso y Trump el niño al que hay que explicarle —por enésima vez— que romper la tetera no hace que la leche vuelva al vaso.

Por eso somos los rompenueces.