Accidente o coincidencia: la Marina bajo sospecha

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Pos, ¿qué creen? Dos muertes, dos explicaciones distintas, un mismo manto de sospecha. El capitán Adrián Omar del Ángel Zúñiga falleció en una práctica de tiro en Puerto Peñasco. El capitán Abraham Pérez Ramírez, según las versiones oficiales, se quitó la vida por motivos personales. En paralelo, la presidenta Claudia Sheinbaum y el fiscal Alejandro Gertz Manero se apresuran a deslindar cualquier relación con el caso del huachicol fiscal que involucra a mandos navales.

Y sin embargo, es imposible no preguntarse: ¿cómo ignorar la cercanía de estos hechos con la investigación que sacudió a la Marina tras el asesinato del contralmirante Fernando Rubén Guerrero Alcántar en Colima, apenas el año pasado? La sucesión de nombres y tragedias en torno a la aduana de Manzanillo y al tráfico de combustible parece más que casualidad.

Resulta y resalta que la narrativa oficial habla de un accidente y de un suicidio, ambos lamentables, ambos aislados de la red de corrupción en puertos y aduanas. La lógica ciudadana, en cambio, tropieza con la rareza de la coincidencia. ¿De verdad podemos desligar la caída de dos capitanes de la maraña del huachicol fiscal?

Sheinbaum exige respeto a las víctimas y tiene razón, porque ninguna vida debe reducirse a un expediente mediático. Pero también la sociedad tiene derecho a la suspicacia. Porque en México, cuando se trata de combustible robado, aduanas infiltradas y redes de poder, la línea entre el azar y la conspiración se desdibuja demasiado rápido.

Lo cierto es que, mientras la Marina recibe reconocimientos oficiales como “institución íntegra”, los hechos nos devuelven un espejo incómodo: los tentáculos del huachicol fiscal alcanzan mandos, estructuras y trayectorias que parecían intocables. Las cifras de decomisos, las investigaciones a buques y pipas, los 14 detenidos recientes, no se explican sin la complicidad de cuadros formados dentro de las Fuerzas Armadas.

Así, cada deceso, cada renuncia, cada accidente en este contexto se mira bajo una lupa distinta. Tal vez sea injusto, pero es inevitable. La sociedad ya no cree en las explicaciones rápidas, ni en la limpieza absoluta de las instituciones.

Al final, puede que los peritajes ratifiquen lo dicho: un accidente y un suicidio. Pero lo verdaderamente inquietante es la coincidencia, porque en un país marcado por la corrupción estructural, el azar se vuelve una palabra incómoda, casi un insulto a la inteligencia colectiva.

Por eso somos los rompenueces.