Pos, ¿qué creen? Donald Trump ha vuelto a lo suyo: usar a México como blanco de su nacionalismo económico más rancio. Ahora, desde la silla presidencial —y con todo el peso institucional del gobierno de Estados Unidos— ha ordenado que se dé por terminado el Acuerdo de Suspensión del Tomate Fresco y se imponga una cuota compensatoria del 17.09% a las exportaciones mexicanas. El pretexto, otra vez, es el supuesto “dumping”. Pero el fondo es simple: proteger a los productores de Florida, incapaces de competir con el jitomate mexicano.
Y es que esta medida no es menor, porque México abastece cerca del 66% del jitomate que se consume en el mercado estadounidense: de las 6,500 millones de libras que demandan al año, 4,300 millones provienen de México. Ningún otro país tiene la infraestructura ni la capacidad de producción para sustituir ese volumen. Por eso, aunque se impongan aranceles, el jitomate mexicano seguirá entrando… más caro, eso sí, afectando directamente al consumidor de ese país.
Trump sabe perfectamente que su país no puede reemplazar la cadena agroexportadora mexicana. Pero el nacionalismo económico no se guía por la lógica del mercado, sino por el cálculo político: castigar a quienes considera rivales, doblar acuerdos previamente establecidos y presentarse como el defensor de los trabajadores locales —aunque esa defensa se traduzca en alimentos más caros y cadenas de suministro colapsadas.
La medida no solo es unilateral, también es profundamente contradictoria. En 2019, ya se había intentado cancelar este acuerdo. Después de meses de tensión y presión, se restableció por la fuerza de los hechos: sin el jitomate mexicano, el abasto en Estados Unidos simplemente se desmorona. ¿Qué ha cambiado ahora? Nada, excepto la voluntad del presidente de utilizar al comercio exterior como una herramienta de presión política.
Durante años, el sector tomatero en México ha invertido en modernización, en estándares de calidad, en relaciones comerciales duraderas. Este esfuerzo no solo ha sostenido miles de empleos en el país, sino que ha permitido mantener precios accesibles del otro lado de la frontera. A diferencia de otras batallas comerciales, aquí no hay pretextos ecológicos, ni sanitarios, ni de seguridad nacional: solo una revancha disfrazada de política comercial.
En su comunicado, los productores mexicanos han sido claros: ningún país en el corto ni mediano plazo puede reemplazar al jitomate mexicano. La medida, por tanto, no debilita al campo nacional, sino que desestabiliza una industria binacional que lleva más de un siglo construyéndose. Y como siempre, el más afectado será el consumidor norteamericano.
Estados Unidos puede cerrarse, poner barreras, inflar sus precios, pero no puede borrar de un plumazo la geografía ni la historia. El jitomate mexicano está en cada salsa, cada ensalada y cada hamburguesa servida en ese país. No es solo un producto: es parte de su dieta diaria. Creer que se puede reemplazar ese flujo por razones ideológicas es, simplemente, un autoengaño.
Esta nueva agresión —porque no puede llamarse de otro modo— vuelve a tensar la relación bilateral. Y no será la última. Mientras Trump gobierne con la mirada fija en el retrovisor, tratando de rehacer el mundo a golpes de decreto y amenazas, México tendrá que resistir, negociar y —sobre todo— seguir produciendo con la misma calidad que ha conquistado mercados enteros.
El jitomate, cultivado por manos mexicanas, ha demostrado ser más fuerte que los caprichos presidenciales. Que así siga siendo.
Por eso somos los rompenueces.









