Pos, ¿qué creen? Por más planificación, mapas de riesgo y estudios hidrológicos que se tengan, hay fenómenos naturales que simplemente rebasan cualquier capacidad de previsión. Así fue la madrugada del miércoles en Ciudad Juárez, cuando la fuerza descomunal del agua descendió desde la Sierra con una potencia equivalente a 11.2 toneladas, arrastrando todo a su paso: vehículos, bardas, memorias. La tragedia golpeó particularmente al norponiente de la ciudad, donde colonias como La Montada, Fronteriza Baja y Felipe Ángeles vivieron momentos críticos, con calles inundadas y casas destruidas.
Más de 250 viviendas resultaron afectadas, 30 de ellas con daños totales. Mil personas lo perdieron casi todo. Y aunque poco puede hacerse para detener la furia del agua, lo que sí se puede —y se debe— hacer, es responder con rapidez, humanidad y organización. Eso ocurrió en Juárez.
Resulta y resalta que desde las primeras horas del día, más de 300 empleados municipales de al menos 17 dependencias estaban ya en la zona afectada, desplegados no para tomarse la foto, sino para levantar censos, dar apoyo médico, abrir albergues y reconectar a las familias con la certeza de que no estaban solas. La Dirección de Protección Civil, junto con personal de Bomberos, Rescate y Servicios Públicos, activó de inmediato sus protocolos, y en tiempo récord se habilitaron espacios como el albergue Felipe Ángeles y el Centro Comunitario La Montada.
No es poca cosa. Mientras algunos aún dormían o intentaban comprender la magnitud del desastre, brigadas médicas ya estaban en funcionamiento. Las palabras del director de Protección Civil, Sergio Rodríguez, fueron claras cuando dijo que este fenómeno se originó a siete kilómetros de distancia, en la Sierra de Juárez, y bajó con una fuerza inusitada. El dato no solo es técnico, sino revelador, ya que muchas veces las tragedias no se gestan en donde se sufren.
El presidente municipal Cruz Pérez Cuéllar estuvo presente, no como un mero espectador, sino para hablar directamente con las familias, recorrer calles anegadas y comprometerse públicamente a gestionar una declaratoria de emergencia que permita más recursos. También instruyó que desde Cabildo se impulse una partida extraordinaria para la atención inmediata. Porque el drama es hoy, no en tres semanas ni cuando lleguen los apoyos federales.
Es fácil señalar con el dedo a quienes viven en zonas de riesgo. Pero hay que recordar que muchas de esas colonias tienen décadas habitadas. Familias enteras que han construido con esfuerzo lo que hoy está en ruinas. No se trata solo de ubicar responsabilidades, sino de responder con justicia.
Y justicia es eso, tener albergues con alimentos y regaderas en cuestiñon de minutos. Tener médicos disponibles. Tener funcionarios que no rehúyen su papel, sino que lo asumen. Como lo hizo también la presidenta del DIF Municipal, Rubí Enríquez, quien recordó que “para el Municipio siempre será prioridad la vida de las personas”.
Lo ocurrido en Juárez es una lección, ya que no podemos controlar la naturaleza, pero sí podemos organizarnos para que sus consecuencias no nos destruyan como sociedad. Los desastres no son solo hechos físicos, son también pruebas de empatía. En esta ocasión, Ciudad Juárez respondió con una rapidez que merece reconocimiento.
Los daños materiales son cuantiosos. Las emociones están quebradas. Pero hay algo que permanece: la voluntad de responder, de cuidar al otro, de reconstruir, y sobre todo, de no dejar a nadie atrás. Porque ante la furia de la naturaleza, lo único que nos salva es la humanidad organizada.









