Pos, ¿qué creen? Por más que se maquillen las relaciones diplomáticas, hay hechos que nos recuerdan que la vida de un mexicano en territorio estadounidense sigue siendo tratada con la misma brutalidad que en los tiempos más oscuros de la historia migratoria. La noticia de que 30 connacionales se encuentran recluidos en condiciones inhumanas en el centro de detención conocido como Alcatraz de los Caimanes, en Miami, no es un accidente aislado: es el síntoma de una política estructural de desprecio, criminalización y abandono.
Y es que las imágenes que circularon recientemente —hombres encerrados como ganado, sin acceso a servicios mínimos, hacinados en espacios indignos— no solo provocan vergüenza ajena, sino rabia. No hay eufemismo que valga: esto es tortura por omisión, castigo por existir, por cruzar una línea imaginaria en busca de trabajo, refugio o dignidad. No hay otro nombre para lo que ocurre en ese infierno carcelario más que trato cruel, inhumano y degradante. Y que ese trato se aplique de forma sistemática contra migrantes mexicanos, revela lo que Estados Unidos sigue pensando de nosotros: que somos prescindibles, que somos culpables por default, que nuestra vida no vale lo mismo.
Ayer, la presidenta anunció que solicitará al consulado en Miami un informe detallado de las condiciones de reclusión. Celebro el gesto, pero no puedo dejar de lamentar que siempre reaccionemos después. Después de que aparecen las fotos. Después de que un periodista pone el dedo en la llaga. Después de que las víctimas gritan desde su encierro. ¿Dónde estaba el Estado mexicano cuando ingresaron al Alcatraz de los Caimanes? ¿Dónde estuvieron los protocolos de apoyo consular cuando eran esposados y trasladados? ¿Dónde estaba la voz firme que exigiera respeto antes del encierro, no después?
Resulta y resalta que el discurso oficial insiste en que los migrantes “pagan impuestos” y “realizan trabajos que otros no quieren hacer”. ¿Y si no lo hicieran? ¿Y si solo migraran porque tienen derecho a buscar una vida mejor? ¿Su dignidad estaría sujeta a su utilidad económica? ¿A cuántos migrantes más tendremos que ver encerrados, invisibilizados, quebrados moral y físicamente, para entender que este no es un problema de cifras, sino de humanidad?
El consulado ya intervino. El cónsul Rutilio Escandón visitó el penal. Hay una nota diplomática en curso. Pero mientras eso ocurre, hay 30 mexicanos que duermen en el piso, sin espacio ni aire suficiente, mientras el ICE acumula más denuncias que reformas. La visita de congresistas estadounidenses al Palacio Nacional se limitó a 40 minutos. ¿Habrá alcanzado el tiempo para que les contaran que en su país se encierra a los migrantes como si fueran plaga?
Pos el trato a nuestros migrantes no puede seguir supeditado a los vaivenes del humor político en Washington. Estados Unidos no solo debe una reforma migratoria: debe una disculpa. Y México, por su parte, tiene la obligación urgente de dejar de tratar el tema como un asunto diplomático más. Cada mexicano encerrado injustamente, cada connacional golpeado, cada madre separada de su hijo, representa un fracaso de la justicia internacional. Pero también un reflejo de cuánto estamos dispuestos a tolerar.
Por eso somos los rompenuces.


