Pos, ¿qué creen? Israel ha convertido el castigo colectivo en política de Estado. Bajo el liderazgo enfermo de Benjamin Netanyahu, ese país se ha entregado con método, impunidad y brutalidad a una tarea tan antigua como abominable: borrar al otro. Liquidarlo. Mutilarlo. Hambriento de venganza tras el ataque de Hamás, Israel decidió aplastar a toda una población. No a los combatientes, no a los culpables, sino a los niños, a los ancianos, a las mujeres, a los enfermos, a las familias enteras atrapadas sin salida.
No nos interesan sus justificaciones diplomáticas ni sus comunicados cínicos. El mundo ha visto los cuerpos carbonizados, a las madres que parieron en tiendas de campaña bajo bombardeos. Loshospitales colapsados sin luz, sin insumos, sin agua. Y lo más repulsivo: hemos visto cómo Israel justificaba cada bomba con la misma frase infame: “nos defendemos”. Defenderse, al parecer, significa asesinar por sistema. Significa disparar a quienes corren con un niño en brazos. Significa reducir barrios enteros a polvo y declarar, con fría sonrisa, que se investigará el “error”.
Israel ahora apuntó a la única iglesia católica de la Franja. Qué error justifica la herida del párroco argentino Gabriel Romanelli o la muerte de civiles que buscaban refugio entre los muros de la fe. Qué error puede repetirse tantas veces sin ser la esencia misma del plan. La verdad es esta: Israel no se ha equivocado. Ha hecho lo que se proponía hacer. Ha destruido, ha torturado, ha ejecutado una política de aniquilación como si fuera legítima.
Y lo más desgarrador: lo ha hecho con arrogancia, con ese desprecio feroz con que se mira a quienes no se consideran humanos. Porque eso es lo que ha demostrado Israel: que para ellos, los palestinos no tienen derecho ni a respirar. Los ha reducido a seres desechables. A cifras que no conmueven. A sombras en las estadísticas.
Yo no olvido. No olvido a los niños que ya no volverán a caminar entre ruinas porque fueron arrancados de la vida por una bomba “inteligente”. No olvido las morgues improvisadas, los cuerpos alineados con cartones, los gritos de las abuelas que escarban la tierra con las uñas buscando un nieto. No olvido que el crimen tiene una firma, y que esa firma es la del Estado de Israel.
Hoy, por primera vez, una organización internacional ha dicho lo que muchos gritamos desde hace meses: que esto es genocidio. Que la destrucción de Gaza no es casualidad ni respuesta proporcional. Es un plan. Una intención. Una política. Y aunque Israel rechace con soberbia esta conclusión, el mundo tiene la obligación moral de mirar y decir: basta.
No más impunidad. No más complicidad. No más silencio. No más “errores”. Gaza no es un campo de tiro. Es un pueblo que resiste entre las ruinas. Y yo, desde aquí, desde mi pequeña trinchera de palabras, no dejaré de escribirlo: Israel es responsable. Israel es genocida.
Por eso somos los rompenueces.









