El intervencionismo criminal de Trump

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Alerta Calor

Pos, ¿qué creen? Por más que la Casa Blanca pretenda vestir de justicia su política exterior, los misiles no tienen el don de la legalidad ni la autoridad moral. El presidente Donald Trump ha vuelto a demostrar que la diplomacia, para su gobierno, se reduce a un mapa de objetivos bélicos y frases inflamadas en conferencias de prensa. Esta vez, el enemigo elegido vuelve a ser Nicolás Maduro, a quien la vocera Karoline Leavitt calificó como “un mandatario ilegítimo al frente de un régimen involucrado en el narcotráfico”. Y en un tono más propio de un sheriff que de una potencia mundial, advirtió que el presidente Trump “no lo va a tolerar más”.

Horas antes, el mensaje fue con fuego: un nuevo ataque estadounidense en el Caribe dejó 27 muertos, la mayoría sin identidad confirmada. No hubo comunicado oficial, ni mención alguna sobre si los sobrevivientes fueron rescatados o abandonados en el mar. Washington mantiene su silencio, mientras los medios filtran versiones anónimas y las cancillerías caribeñas intentan contar los cuerpos. La lucha “antidrogas” parece haberse convertido en una guerra sin fronteras ni tribunales.

Desde agosto, el gobierno de Trump desplegó siete buques y aviones furtivos en el mar Caribe, bajo el pretexto de frenar el tráfico de drogas hacia Estados Unidos. Sin embargo, las víctimas no son los grandes capos de los cárteles, sino pescadores, migrantes y ciudadanos que tuvieron la desgracia de encontrarse en el lugar equivocado. En Trinidad y Tobago se llora la muerte de dos connacionales abatidos por las bombas estadounidenses, uno de ellos un hombre que simplemente regresaba a casa desde Venezuela.

Y es que el discurso de Trump se ampara en el combate al narcotráfico, pero sus métodos rozan lo que el derecho internacional prohíbe: ejecuciones extrajudiciales en territorio extranjero, sin juicio, sin pruebas y sin autorización de los países involucrados. Estados Unidos no actúa como juez, sino como verdugo global. El Caribe se convierte así en un laboratorio de su vieja doctrina del “destino manifiesto”, donde la soberanía de los demás es una molestia menor.

Incluso dentro de sus propias filas surgen fisuras. El jefe del Comando Sur, almirante Alvin Holsey, anunció su retiro para fin de año tras expresar su preocupación por los ataques. Una decisión que, más que administrativa, parece un gesto de distancia ante el rumbo intervencionista que ha tomado la Casa Blanca. Pero Washington sigue su curso. A falta de enemigos internos, el gobierno de Trump necesita fabricar amenazas externas que justifiquen su músculo militar y distraigan a una opinión pública cada vez más polarizada.

Mientras tanto, Venezuela denuncia ante la ONU lo que a todas luces son actos de agresión. El embajador Samuel Moncada pidió al Consejo de Seguridad determinar la ilegalidad de los ataques contra embarcaciones civiles. Su reclamo, sin embargo, se diluye entre el eco de los cañones y la indiferencia de las potencias. Delcy Rodríguez, vicepresidenta venezolana, fue contundente: “Las bombas también asesinaron extrajudicialmente a humildes ciudadanos de su país”. Pero el eco de la justicia nunca ha llegado hasta Washington.

Resulta y resalta que Trump repite la vieja receta del intervencionismo: crear un enemigo, acusarlo de narcotráfico o terrorismo, y luego justificar el bombardeo en nombre de la libertad. Así cayó Irak, así se fracturó Libia, y ahora el Caribe se asoma al mismo abismo. En su cruzada contra Maduro, el presidente estadounidense no busca liberar pueblos, sino reafirmar su hegemonía. La historia ya lo ha visto muchas veces: cada vez que Estados Unidos dice “orden”, lo que viene después es destrucción.

Por eso somos los rompenueces.