Pos, ¿qué creen? Por años, Estados Unidos se ha vanagloriado de ser el bastión de la democracia, el hogar de la libertad de expresión y el defensor global de los derechos humanos. Sin embargo, los hechos recientes en universidades como Columbia, NYU, George Washington y muchas otras, revelan una verdad incómoda: ese relato es ya una máscara rota. Hoy, el país que una vez inspiró a movimientos estudiantiles en todo el mundo es también el que reprime con brutalidad las voces jóvenes que denuncian el genocidio contra el pueblo palestino.
Y es que la represión ha tomado un rostro particularmente feroz bajo la influencia de Donald Trump, quien no sólo ha instrumentalizado el sionismo como herramienta electoral, sino que ha convertido a las universidades en laboratorios de castigo político. Columbia University, histórica incubadora del pensamiento crítico, se ha doblegado a sus presiones. La administración de la presidenta Claire Shipman permitió que autoridades migratorias secuestraran a dos estudiantes por manifestarse contra la guerra en Gaza, mientras en los campus se desató la cacería: policías municipales ingresaron a golpear, desalojar y silenciar a quienes osaron colocar una tienda de campaña o corear un grito por Palestina.
Resulta y resalta que no se trata de actos aislados, porque en En Brooklyn College, en NYU, en Yale, en Stanford, los estudiantes han sido arrastrados, censurados, amenazados con perder sus títulos. ¿La razón? Portar una bandera palestina, mencionar en voz alta el genocidio, exigir que sus universidades dejen de lucrar con empresas que financian la ocupación israelí. En la Universidad George Washington, Cecilia Culver —una joven valiente que debía hablar de esperanzas compartidas— usó su voz para denunciar que su educación fue financiada con sangre palestina. Su mensaje no fue un desvarío antisistema, sino un grito desde el alma: “ninguno de nosotros es libre hasta que Palestina sea libre”.
Trump ha amenazado con recortar fondos, expulsar estudiantes y criminalizar la protesta. El propio hijo del expresidente estudia en NYU, y sin embargo, el joven que allí tomó el micrófono para denunciar la complicidad estadounidense con el genocidio fue sancionado y se le retiró su diploma. ¿Qué clase de país educa a sus jóvenes para que piensen críticamente y luego los castiga por hacerlo? ¿Qué libertad puede florecer en aulas custodiadas por policías?
La narrativa oficial intenta reducir todo esto a “antisemitismo”, en una peligrosa confusión deliberada entre la crítica al Estado de Israel y el odio a la fe judía. Es una manipulación grotesca. Muchas de las voces más firmes contra el genocidio provienen precisamente de estudiantes y profesores judíos, fieles a una ética que no puede aceptar la opresión de otro pueblo en su nombre.
Pos el sionismo que hoy se impone como dogma en las políticas exteriores de Estados Unidos y en sus universidades no es una defensa de la identidad judía, sino un proyecto de supremacía colonial que, bajo el amparo del poder, justifica crímenes de lesa humanidad. Y en ese aparato, los campus se han convertido en extensiones del campo de batalla, donde los estudiantes que alzan la voz son tratados como enemigos del Estado.
Aun así, el movimiento no ha sido sofocado, ya que las ceremonias de graduación —esas que deberían ser vitrina del éxito individual— se han vuelto actos de resistencia colectiva. Los discursos ya no se centran en empleos soñados o becas futuras, sino en la sangre que mancha los billetes con los que se paga la matrícula. Banderas palestinas ondean sobre togas, y las palabras “alto al genocidio” retumban en estadios donde hace apenas un año sólo se escuchaban aplausos.
Estos estudiantes, muchos de ellos apenas en sus veintes, han entendido algo que a sus autoridades les aterra: que la universidad no es una empresa, ni una vitrina para inversionistas. Es un espacio de conciencia. Y aunque intenten callarlos, aunque retiren fondos o diplomas, han sembrado una verdad incómoda: en el país que presume de ser libre, los que más lo honran son los jóvenes que hoy gritan por Gaza.
Porque, al final, lo que está en juego no es sólo Palestina, es también la libertad de disentir, el derecho a la memoria, la capacidad de oponerse a la barbarie aunque esta venga disfrazada de bandera o de beca. Lo que está en juego es el alma misma de la educación. Y frente al cinismo imperial, la dignidad se ha vestido de toga y birrete.
Por eso somos los rompenueces.









