Pos, ¿qué creen? La frase de la Unrwa resuena con una crudeza insoportable: “Hambruna es la última calamidad que golpea a la gente de Gaza. El infierno en todas las formas”. ¿Cuántas formas del infierno pueden inventarse para un pueblo sitiado? Israel parece empeñado en demostrar que siempre hay una más. La desgracia no ha sido un accidente, sino una construcción meticulosa, un castigo colectivo convertido en política de Estado.
Durante la noche del sábado, aviones y tanques israelíes volvieron a arrasar con la periferia oriental y septentrional de Gaza. Los testigos narran que las explosiones fueron incesantes, que los barrios de Zeitoun, Shejaiya y Sabra quedaron convertidos en ruinas, mientras en Jabaliya los escombros se apilan como única prueba de que allí alguna vez hubo hogares. Y sin embargo, la maquinaria de guerra insiste en presentarse como “operación de seguridad”, como si pulverizar viviendas y asesinar familias pudiera reducirse a un término administrativo.
La cifra de muertos se repite como un eco insoportable: más de 62 mil palestinos desde octubre de 2023. Solo en las últimas 24 horas, 51 personas fueron asesinadas, entre ellas 20 solicitantes de ayuda. La muerte se administra en cuotas diarias, un conteo macabro que convierte la supervivencia en un acto de resistencia.
La Unrwa lo ha dicho con claridad: “‘Nunca más’ se ha convertido deliberadamente en ‘otra vez’”. La frase no es solo una advertencia histórica, es la constatación de que la memoria del Holocausto, en vez de servir como vacuna contra la barbarie, ha sido utilizada por el gobierno de Israel como coartada para imponer otra forma de deshumanización. El silencio internacional ante esta paradoja es tan obsceno como las bombas que caen cada noche sobre Gaza.
Incluso desde dentro de Israel hay voces que claman por detener la masacre. El jefe del ejército, Eyal Zamir, instó a Netanyahu a aceptar el acuerdo con Hamas que permitiría liberar a rehenes y detener la guerra. Pero el primer ministro, en su obsesión por sostener el poder, insiste en prolongar la ofensiva. Netanyahu se aferra a la guerra como tabla de salvación política, aun a costa de condenar a su país y al mundo entero a un conflicto interminable.
Y es que la destrucción no se limita a Gaza. En Cisjordania, colonos israelíes, protegidos por el ejército, arrancan olivos centenarios para abrir paso a carreteras de ocupación. Es un acto de despojo con sello oficial: pavimentar la expulsión, borrar raíces para imponer un paisaje artificial donde la resistencia sea imposible.
El discurso israelí se sostiene sobre una narrativa de seguridad y combate al terrorismo, pero los hechos muestran otra verdad: se busca someter a un pueblo hasta forzarlo al exilio. Como advirtió un agricultor palestino: “El objetivo es controlar y forzar a la gente a emigrar”. La guerra se libra no solo contra combatientes, sino contra la memoria, la tierra y la dignidad de todo un pueblo.
Mientras tanto, las calles de Europa y Oceanía se llenan de manifestantes que exigen sanciones a Israel y reconocimiento del Estado palestino. La distancia entre las sociedades y sus gobiernos se hace cada vez más evidente: los pueblos reclaman humanidad, mientras los Estados callan o eligen complicidad.
Gaza es hoy la metáfora más brutal de la impunidad. La comunidad internacional mira hacia otro lado, atrapada entre presiones diplomáticas y la incomodidad de llamar al verdugo por su nombre. Pero cada día que pasa, cada niño que muere de hambre, cada casa reducida a polvo, nos recuerda que la desgracia de Gaza no es obra de la fatalidad. Es la obra calculada de un gobierno que convirtió la guerra en método de dominación y el hambre en arma de exterminio.
Resulta y resalta que el silencio, en este contexto, no es neutralidad: es participación.
Por eso somos los rompenueces.









