Pos, ¿qué creen? ay quienes no soportan que a México le vaya bien. Les irrita. Les molesta. Les arde. No por convicciones profundas ni por diferencias ideológicas legítimas, sino porque su proyecto político se alimenta de la desgracia nacional. Lo vimos estos días: frente a una situación internacional compleja, con un cambio de reglas en el comercio por parte de nuestro principal socio económico, hubo quien deseaba —literalmente— que Estados Unidos subiera los aranceles. Lo anhelaban. Lo necesitaban como gasolina para seguir incendiando la conversación pública con sus letanías del desastre.
Pero no. No se les cumplió. Hubo, como dice, risas de fondo ante el fracaso de la oposición.
En lugar de gritar «se los dijimos», tuvieron que ver cómo México salió adelante con un acuerdo arancelario sólido, resultado de 90 días de diálogo técnico, político y diplomático. Fue un triunfo sereno, sin estridencias, pero profundamente significativo. No se cedió en principios, no se doblaron las banderas nacionales, no se sacrificó soberanía. Se actuó con cabeza fría y firmeza, manteniendo el proyecto que se construyó desde el primer día de esta transformación.
¿Y la oposición? Pues haciendo lo que mejor sabe hacer: desear el fracaso ajeno para simular un triunfo propio. Mientras se negociaba con inteligencia y patriotismo, ellos iban a Washington a hablar mal de su país. No es nuevo. En cada crisis internacional, en cada episodio de presión externa, la derecha mexicana ha buscado aliados fuera porque aquí ya no convence a nadie. Lo suyo no es la diplomacia, sino el entreguismo. Lo suyo no es la crítica, sino la calumnia.
Uno de sus dirigentes, ya acostumbrado a los escándalos y a la desvergüenza, se dedicó a esparcir falsedades en el extranjero. No bastaba con su historial manchado de corrupción; ahora también carga con la vergüenza de querer perjudicar a México para poder decir: “yo tenía razón”. Un acto miserable, sin otro nombre que el de traición.
Y no, no es exageración. Quien antepone sus ambiciones a los intereses del país, quien busca en el exterior lo que no puede ganar en las urnas, quien celebra el castigo extranjero con tal de obtener ventaja política, no merece otro calificativo. Pero ese es el nivel al que ha caído cierta clase política que no logra reinventarse, que no se atreve a cambiar, que prefiere que todo se hunda antes de que otros gobiernen con éxito.
Afortunadamente, los resultados hablan. A pesar del nuevo esquema comercial impulsado por la Casa Blanca, México es hoy uno de los países menos afectados. Sí, hay aranceles —sobre todo en acero y aluminio—, pero también se logró mantener en cero el gravamen a un porcentaje muy alto de mercancías, gracias a la vigencia y solidez del T-MEC. Las afectaciones son menores comparadas con otros países, y eso no es casualidad: es fruto de una estrategia consistente, de un equipo que no improvisa y de una visión que pone al pueblo por encima de los intereses de grupo.
Y mientras algunos medios siguen minimizando estos logros —porque también quisieran ver al país tropezar—, la gente lo sabe: la economía crece, el peso se mantiene fuerte, el empleo va al alza, y el Plan México avanza con pasos firmes hacia una economía más autosuficiente, con menos dependencia y más futuro.
Que la oposición siga esperando el colapso. Nosotros, mientras tanto, seguiremos construyendo país.
Por eso somos los rompenueces.









