Pos, ¿qué creen? Hay una palabra que duele escribir porque lo dice todo: genocidio. En Gaza no hay una guerra convencional, ni siquiera un conflicto simétrico. Hay una masacre planificada, sostenida con recursos, legitimada por discursos, apuntalada por una maquinaria de muerte cuyo combustible es la indiferencia del mundo y, sobre todo, el respaldo activo del gobierno de Estados Unidos.
Y es que más de 100 organizaciones de ayuda humanitaria han levantado la voz. Según medios internacionales, Médicos Sin Fronteras, Save the Children, Oxfam, entre muchas otras, han denunciado que sus propios colegas están muriendo lentamente. No por una bala directa, sino por la asfixia impuesta por el gobierno de Israel, que ha hecho del hambre un arma y del bloqueo un método de exterminio. ¿Y quién sostiene esa política? Estados Unidos.
La Franja de Gaza es hoy un infierno abierto, una prisión sin comida, sin agua, sin refugio. Más de dos millones de seres humanos atrapados en el horror. Y mientras tanto, desde Washington, se avala con silencio o se financia con dinero público esta estrategia de exterminio. Porque eso es lo que representa hoy la llamada Fundación Humanitaria de Gaza (GHF), construida entre EE.UU. e Israel: un perverso mecanismo que bloquea la ayuda real mientras simula distribuirla. Una trampa. Un engaño. Una fachada para prolongar la agonía.
Resulta y resalta que desde que Israel comenzó a «aliviar» el bloqueo en mayo, los gazatíes siguen sin acceso a lo más básico. Se les obliga a mendigar entre ruinas lo que ya se les había arrebatado: el derecho a vivir. Y si alguien se atreve a acercarse a un punto de distribución, arriesga su vida. Más de mil palestinos han sido asesinados por intentar recoger ayuda humanitaria. Mil. No es una cifra. Son vidas, familias, nombres que no leeremos nunca.
El gobierno israelí insiste en que no hay hambruna. Que hay camiones esperando ser distribuidos. Pero esos camiones son el símbolo de la hipocresía internacional: están ahí, cargados de alimentos, mientras la población se muere. No por falta de ayuda, sino porque esa ayuda se mantiene secuestrada. Literalmente. Como si el hambre fuera un arma legítima de guerra.
Y mientras tanto, Estados Unidos sigue firmando cheques, enviando armas, sellando acuerdos, justificando crímenes. Porque cada vez que Biden dice que Israel “tiene derecho a defenderse”, legitima el asesinato de niños. Porque cada vez que el Pentágono aprueba más fondos, lo que aprueba es más sangre. Y cada vez que se calla, se vuelve cómplice de una tragedia que el mundo verá en retrospectiva como uno de los capítulos más vergonzosos del siglo XXI.
Esto no es neutralidad, esto es barbarie. El pueblo palestino no solo está siendo masacrado por Israel; está siendo traicionado por la comunidad internacional. Y al frente de esa traición está Washington, el mismo que se autoproclama defensor de los derechos humanos, el mismo que invade países en nombre de la libertad, el mismo que hoy permite —y apoya— un genocidio en tiempo real.
Palestina sangra. Gaza se consume. Y Estados Unidos aplaude.
Por eso somos los rompenueces.









