Pos, qué creen. En un giro impactante, dos destacados grupos de derechos israelíes, B’Tselem y Médicos por los Derechos Humanos-Israel, han dado un paso audaz al afirmar que Israel está cometiendo genocidio en Gaza. Este acto marca un hito, ya que es la primera vez en casi 22 meses de conflicto que voces locales, compuestas por judíos israelíes, lanzan tales acusaciones contra su propio país. Este fenómeno no solo desafía la narrativa dominante, sino que también revela la fractura en una sociedad que ha sido históricamente reticente a criticar las acciones de su gobierno en Gaza.
Y es que las afirmaciones de estos grupos se producen en un contexto donde la guerra en Gaza, desencadenada tras el ataque mortal de Hamas el 7 de octubre de 2023, ha dejado miles de muertos y heridos. Para muchos, la ofensiva israelí es una respuesta necesaria a una agresión sin precedentes. Sin embargo, el hecho de que estos grupos sientan la necesidad de usar la palabra «genocidio» resuena con una gravedad que no puede ignorarse. En una sociedad que ha vivido a la sombra del Holocausto, el término despierta recuerdos dolorosos y un profundo sentido de responsabilidad.
El uso de la palabra «genocidio» no es trivial, no debería serlo. mplica un reconocimiento de que las acciones de Israel pueden estar destinadas no solo a desarticular a un grupo armado, sino a extinguir a una población civil. Este concepto, aunque ampliamente debatido en foros internacionales, ha sido tabú en el discurso israelí. La reacción de muchos israelíes a estas acusaciones ha sido de desdén, considerando a B’Tselem y Médicos por los Derechos Humanos como organizaciones marginales. Sin embargo, su valor radica precisamente en su valentía de confrontar una narrativa que, durante demasiado tiempo, ha sido inquebrantable.
El contexto de estas afirmaciones no es menor. La Corte Internacional de Justicia está escuchando un caso de genocidio presentado por Sudáfrica contra Israel, lo que añade una capa de urgencia a este debate. Mientras el mundo observa, la comunidad internacional se enfrenta a un dilema moral: ¿deben las acciones de un estado ser juzgadas por sus propios ciudadanos o por la mirada externa que las califica de genocidio?
Resulta y resalta que el dilema es aún más complicado por la historia del pueblo judío. Después del Holocausto, el Estado de Israel fue fundado con la promesa de ser un refugio para los perseguidos. La memoria de la opresión ha llevado a muchos israelíes a ver la guerra en Gaza como una lucha por la supervivencia, no como un intento de exterminio. Esta perspectiva, aunque comprensible, no puede servir de justificación para la pérdida de vidas inocentes. La historia no puede ser un escudo ante la ética de la responsabilidad.
Las voces que claman por la paz y el reconocimiento de los derechos palestinos aumentan en número y fuerza, desafiando la narrativa predominante y exigiendo una reflexión profunda sobre la humanidad en medio del conflicto. Los palestinos y sus partidarios han denunciado durante años lo que consideran un genocidio y, ahora, el eco de esas acusaciones proviene de dentro de Israel mismo.
Es hora de que los israelíes escuchen estas voces. Ignorar el sufrimiento de los demás no solo perpetúa el ciclo de violencia, sino que también despoja a la sociedad israelí de su propia humanidad. La paz no se construye sobre la negación de la realidad del otro, sino en el reconocimiento de la dignidad y los derechos de todos. El futuro de Israel y Palestina depende de este reconocimiento. La historia no debe repetirse; las lecciones del pasado deben guiarnos hacia un camino de reconciliación y coexistencia.
Por eso somos los rompenueces.


