Pos, ¿qué creen? A tan solo unas horas de que Estados Unidos formalice su nueva política de aranceles a la industria automotriz, el nerviosismo persiste tanto en México como en el sector empresarial estadounidense. La presidenta Claudia Sheinbaum ha reiterado que su gobierno mantiene negociaciones de alto nivel para evitar un golpe severo a la economía nacional y a la estabilidad de la región, pero la incertidumbre sigue pesando en el ambiente.
La decisión de Washington no solo impacta a las ensambladoras mexicanas, sino que también ha generado estragos en los mercados bursátiles de las principales automotrices estadounidenses, como Ford y General Motors, reflejando la interdependencia de ambas economías. Como lo señaló Sheinbaum, “entre nosotros no competimos, nos complementamos”, un mensaje claro que busca apelar a la lógica económica antes que a las pulsiones proteccionistas que han resurgido en la política comercial estadounidense.
Y es que en este contexto, Marcelo Ebrard y el secretario de Comercio de Estados Unidos han sostenido conversaciones intensas para hallar una solución que minimice las afectaciones. Sin embargo, la sombra de nuevos aranceles, cuyo anuncio está previsto para el 2 de abril, mantiene en vilo a las industrias de ambos lados de la frontera. La postura de México ha sido clara: una escalada en estas medidas podría trastocar uno de los vínculos comerciales más sólidos del mundo, afectando no solo la producción automotriz, sino el empleo y el flujo de inversiones en ambos países.
Resulta y resalta que Sheinbaum ha señalado que su administración ya tiene listo un plan de respuesta, trabajado en conjunto con las secretarías de Hacienda y Economía. No obstante, la volatilidad en las posturas estadounidenses ha obligado a México a ajustar constantemente su estrategia. La llegada del secretario de Economía a la Ciudad de México, tras intensas reuniones en Washington, marca un punto crucial para definir la última fase de la estrategia mexicana antes del anuncio del gobierno de Joe Biden.
El punto clave es que la integración manufacturera entre ambos países no es un fenómeno reciente ni improvisado. Durante décadas, México y Estados Unidos han construido una relación económica en la que los procesos de producción están interconectados. Un vehículo ensamblado en México contiene componentes fabricados en Detroit, mientras que piezas diseñadas en Guadalajara terminan en automóviles vendidos en Texas. Esta sinergia es la que hoy está en riesgo por una política que parece ignorar la realidad del comercio internacional en favor de discursos nacionalistas.
Las repercusiones de esta medida no son menores. La incertidumbre ya está generando preocupación en las cadenas de suministro, en los inversionistas y en los trabajadores de la industria. Si bien México ha reiterado su disposición al diálogo y a la cooperación, el margen de maniobra se reduce a medida que el reloj avanza hacia el 2 de abril. La pregunta sigue en el aire: ¿prevalecerá la lógica económica o el proteccionismo terminará por imponerse?
Por eso somos los rompenueces.