Pos, ¿qué creen? Por más que Donald Trump lo sepa —y lo sabe—, no se detiene. Sabe que sin los migrantes, particularmente los mexicanos, Estados Unidos no sería el país que es. Sabe que su economía ha prosperado gracias a quienes limpian, siembran, cocinan, construyen y cuidan. Sabe, también, que las remesas que estos trabajadores envían a sus familias no solo son un acto de amor a la distancia, sino una muestra viva de que Estados Unidos ha absorbido durante décadas la fuerza de trabajo más sacrificada del continente. Y aun así, vuelve a embestir.
Primero fueron las redadas masivas en Los Ángeles. Luego vinieron las amenazas de militarizar aún más la frontera. Y ahora, en su más reciente acto de hostilidad política, Trump ha lanzado una nueva ofensiva: su respaldo formal a un impuesto del 3.5% a las remesas enviadas al extranjero, acompañado de un plan para deportar, según él, a un millón de personas en un año. Lo anunció con orgullo en un evento en la Casa Blanca, como parte del «Gran y Hermoso Proyecto de Ley», un paquete fiscal que, además de recortes y subsidios regresivos, incluye esta penalización a los trabajadores migrantes.
Mientras presume este “logro”, Trump oculta que su gobierno sigue sin alcanzar las metas de deportación que él mismo se ha fijado. A pesar de sus discursos, de los fondos duplicados y de la persecución sistemática, apenas han logrado 120 mil deportaciones en lo que va del año. Muy lejos del millón prometido. Pero más allá de las cifras, lo que revela esta ofensiva no es una preocupación real por la seguridad nacional, sino una obsesión ideológica profundamente antimigrante.
Y es que Stephen Miller, el ideólogo detrás de esta estrategia, ha presionado por arrestar hasta 3 mil personas diarias. El promedio, según CBS News, ronda apenas la tercera parte. Lo que no dicen es que buena parte de quienes hoy están en centros de detención no tienen antecedentes penales. Según el propio Cato Institute, un centro de pensamiento conservador, dos de cada tres detenidos no han cometido delito alguno. Pero eso no parece importar.
Resulta y resalta que el objetivo es político, porque el discurso de Trump está diseñado para generar miedo, para reforzar su imagen de fuerza entre una base que aplaude el castigo a los más vulnerables. La criminalización masiva de migrantes, la cancelación arbitraria de estatus legales y la hostilidad hacia los jueces que otorgan pausas a las deportaciones son parte de una misma lógica: debilitar el sistema legal estadounidense y convertir en chivo expiatorio al migrante.
Ahora, con el intento de gravar las remesas, Trump no solo castiga al trabajador migrante; también daña directamente a sus familias en México, Centroamérica y el Caribe. Afecta a los pueblos que dependen en buena medida de ese dinero para sobrevivir, estudiar o acceder a servicios básicos. Y lo hace sabiendo que las remesas, solo en México, alcanzaron los 63 mil millones de dólares en 2023.
Este impuesto no es una herramienta de recaudación, es una venganza política. Un castigo económico que busca presentarse como solución a los problemas creados por su propio discurso. La migración no es el problema de Estados Unidos. El verdadero problema es un gobierno que, aún consciente de la verdad, decide utilizar el miedo y la mentira como plataformas de campaña.
Trump sabe perfectamente que los migrantes sostienen gran parte del país que él pretende liderar de nuevo. Y sin embargo, insiste en atacarlos. Porque su verdadero objetivo no es solucionar, sino polarizar. Y en ese juego, los migrantes son su blanco favorito.
Por eso somos los rompenueces.









