No hubo golpe mortal contra el Cártel de Sinaloa

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Pos, ¿qué creen? Las declaraciones recientes de las autoridades estadounidenses tras la confesión de culpabilidad de Ismael “El Mayo” Zambada en Nueva York revelan una peligrosa ingenuidad —o una conveniencia política— en torno a cómo funciona el narcotráfico en México. El discurso triunfalista del FBI y de la DEA, que celebran la captura de un capo como si ello significara el inicio del fin del Cártel de Sinaloa, es un error de diagnóstico que ya hemos visto repetirse durante décadas: pensar que descabezando a los líderes se destruye a las organizaciones. Nada más lejos de la realidad.

“El Mayo” Zambada reconoció en la Corte de Distrito Este haber dirigido durante medio siglo una red criminal, con el mismo cinismo con el que aceptó haber pagado sobornos a policías, militares y políticos. Pero lo que sus declaraciones muestran con crudeza es lo que las autoridades estadounidenses parecen ignorar: el narcotráfico no se sostiene en un solo hombre, ni siquiera en una docena. Se trata de una estructura económica, logística y social tan amplia que trasciende a cualquier figura.

Y es que el FBI aseguró que la culpabilidad de Zambada es “resultado de colaboración entre agencias en Estados Unidos y México” y que la meta es la “destrucción del Cártel de Sinaloa”. Suena bien como declaración mediática, pero en el terreno de los hechos es un espejismo. Cada vez que un líder cae, cien más están listos para ocupar su lugar. Lo hemos visto desde los años ochenta: la muerte de Félix Gallardo no acabó con nada; la captura del “Chapo” Guzmán tampoco desintegró la maquinaria criminal. Al contrario, la fragmentación ha dado pie a nuevas células, a guerras más violentas y a disputas territoriales que multiplican el caos.

Resulta y resalta que el problema es que en Washington siguen narrando esta historia como si se tratara de un tablero de ajedrez donde al eliminar a la reina se termina la partida. Pero el narcotráfico funciona más bien como una hidra: cada cabeza cortada da lugar a varias más. Lo que mantiene viva a la organización no es el nombre de sus capos, sino la operación financiera y logística que garantiza el flujo de drogas hacia Estados Unidos, un mercado que permanece insaciable.

El jefe de la DEA, Terrance Cole, se ufanó al decir que la agencia “no es de Estados Unidos, sino el socio más confiable del mundo para combatir a los cárteles”. Añadió que seguirán cazando a los líderes “uno a la vez”. Ese enfoque es precisamente el que demuestra que no comprenden la dinámica del fenómeno. El combate al narcotráfico se ha vuelto una narrativa hollywoodense en la que atrapar a los “villanos” justifica presupuestos millonarios, genera titulares y refuerza la ilusión de control. Pero no resuelve la raíz del problema.

En México sabemos bien que los cárteles son, antes que nada, redes de corrupción e impunidad. Funcionan porque existen policías, jueces y militares que protegen sus operaciones, porque hay empresarios que lavan su dinero, porque en Estados Unidos hay consumidores que sostienen el negocio y bancos que reciben el capital. Reducir todo a la captura de un hombre es una manera de desviar la atención de esa complicidad estructural.

El propio Zambada lo dijo: durante cincuenta años pagó sobornos a funcionarios de todos los niveles. Eso significa que el Estado mexicano convivió con él, lo toleró y, en muchos casos, se benefició de su poder. Estados Unidos prefiere resaltar que “cazó a un capo”, en lugar de reconocer que buena parte del negocio se mantiene gracias a la demanda de fentanilo, cocaína y metanfetaminas en sus ciudades. ¿De qué sirve encarcelar a un líder si la maquinaria financiera que permite que los dólares fluyan sigue intacta?

La experiencia muestra que la estrategia de decapitación no solo es insuficiente, sino contraproducente. Cada arresto importante genera vacíos de poder que son disputados con violencia extrema. Los muertos que colecciona México no son producto exclusivo de las órdenes de un capo, sino de la guerra interna entre grupos que surgen cuando los liderazgos se fragmentan. Lo que parece un triunfo judicial en Nueva York se traduce, en las calles de Culiacán o de Zacatecas, en balaceras, desapariciones y comunidades desplazadas.

Por eso resulta preocupante que las autoridades estadounidenses insistan en el mismo libreto: prometer que “la lucha no termina”, que “ningún líder escapará de la justicia”, que “un miembro a la vez” caerá. Ese guion ha sido interpretado por décadas y los resultados son evidentes: los cárteles no solo persisten, sino que se diversifican, se vuelven más sofisticados y extienden su influencia a nuevas actividades ilícitas, desde la minería hasta la trata de personas.

Pos la captura y confesión de “El Mayo” es, sí, un acontecimiento histórico. Pero no debe confundirse con un golpe mortal al narcotráfico. Si algo demuestran sus palabras es la profundidad del problema: medio siglo de impunidad no se borra con una sentencia. Estados Unidos tendría que dejar de ver el fenómeno como una lista de “más buscados” y empezar a asumir su responsabilidad como el mayor mercado consumidor del mundo.

Mientras eso no ocurra, cada triunfo mediático será apenas un espejismo en una guerra interminable. Los cárteles no son sus líderes; son las redes que tejen alrededor del dinero, la corrupción y la violencia. Y esas, a diferencia de los capos, no se sientan en un tribunal de Brooklyn ni se derrumban con una sola captura.

Por eso somos los rompenueces.

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