Reforma electoral y fin de los plurinominales

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Pos, ¿qué creen? Por décadas, México ha cargado con una herencia institucional que, en nombre de la representación, ha servido más a los intereses de cúpulas partidistas que al pueblo. Uno de los ejemplos más evidentes es el sistema de legisladores plurinominales: figuras que no necesitan un solo voto para ocupar una curul y que, sin embargo, reciben sueldos, asesores y privilegios financiados con recursos públicos. Claudia Sheinbaum, en congruencia con la promesa de transformación, ha hecho lo correcto al poner sobre la mesa la necesidad de revisar y reformar este modelo.

La presidenta fue clara: no está de acuerdo con que se duplique el número de plurinominales, como propusieron algunos exconsejeros del Instituto Nacional Electoral. Su postura no sólo es sensata, sino valiente. En una democracia real, los representantes deben tener legitimidad directa, no provenir de listas partidistas confeccionadas en lo oscurito. Como bien dijo la mandataria: “Las listas plurinominales no son una verdadera representación de la ciudadanía”.

Y es que el debate que se abre con esta reforma es indispensable. México ya no puede darse el lujo de mantener estructuras anquilosadas que solo simulan participación. Cada diputado plurinominal cuesta millones de pesos al erario. ¿Cuál es su rendimiento? ¿Qué proyectos legislan? ¿A quién rinden cuentas? La mayoría de la gente ni siquiera conoce sus nombres, porque no fueron elegidos por ellos. Si el país atraviesa una etapa de austeridad republicana, esta figura debe entrar también en revisión.

Los exconsejeros del INE que ahora se rasgan las vestiduras por una supuesta amenaza a la democracia, olvidan que la verdadera amenaza es la permanencia de una burocracia electoral costosa, ineficiente y, en muchos casos, parcial. ¿Qué legitimidad tienen quienes cancelan votos sin transparencia o defienden privilegios institucionales por encima del interés general? Pretenden perpetuar un modelo que ya no representa al México actual, ese que ha exigido en las urnas una transformación profunda.

Claudia Sheinbaum ha sido enfática, ya que el INE no desaparecerá, pero sí será objeto de ajustes que racionalicen su gasto y lo vuelvan verdaderamente funcional. La intención no es desmantelar la democracia, como afirman los voceros del pasado, sino todo lo contrario: garantizar elecciones limpias y transparentes, sin excesos ni simulaciones.

La discusión está abierta, y eso es sano. Pero que nadie se engañe: resistirse a los cambios no es sinónimo de defender la democracia. Muchas veces, es solo un intento desesperado por mantener el statu quo. El país ha cambiado, la sociedad ha despertado, y las instituciones deben responder a ese nuevo pulso.

El sistema electoral mexicano ya no puede estar al servicio de los partidos ni de sus élites. Necesitamos un modelo que sea más ciudadano, más transparente y menos oneroso. Si eso implica desaparecer los plurinominales, bienvenida sea la reforma.

Porque transformar también es soltar lo que ya no sirve.

Por eso somos los rompenueces.

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