Pos, ¿qué creen? La propuesta de Ricardo Salinas Pliego para sentarse a “negociar” con la presidenta Claudia Sheinbaum el pago de su deuda fiscal no es un gesto de buena voluntad ni un acto de responsabilidad empresarial. Es, en el fondo, la estrategia de un evasor fiscal que, después de lanzar una campaña de desprestigio contra el gobierno y contra los ciudadanos, busca suavizar las consecuencias legales de sus incumplimientos.
No olvidemos que el magnate ha sido reiteradamente señalado por adeudos millonarios con el fisco, recursos que pertenecen al pueblo mexicano y que deberían destinarse a salud, educación, infraestructura y programas sociales. Frente a eso, la presidenta no puede titubear. No puede fallarle a los mexicanos ni caer en el juego de una “mesa de diálogo” cuyo único fin sería dilatar el proceso y abrir la puerta a un perdón disfrazado.
Resulta y resalta que el 7 de marzo de 2020 entró en vigor la modificación al artículo 28 constitucional que prohíbe las condonaciones y exenciones de impuestos. Y desde 2019, el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador firmó un decreto que puso punto final a la era de privilegios fiscales que benefició a un puñado de empresas y magnates por más de 400 mil millones de pesos. Más de la mitad de ese monto se concentró en apenas 108 contribuyentes. ¿Debemos, acaso, retroceder ahora que el país ya ha dado ese paso histórico hacia la justicia fiscal?
El discurso de Salinas Pliego, envuelto en la narrativa de la “confianza empresarial” y el “clima de inversión”, intenta reposicionar el debate en el terreno de la victimización: asegura que el gobierno lo ha atacado y calumniado, cuando lo único que se le exige es cumplir con lo que la ley manda. No se trata de un diferendo personal entre un presidente y un empresario; es un asunto de Estado, un tema de legalidad y de justicia social.
Y es que aceptar una negociación en los términos que plantea el dueño de Grupo Salinas sería una señal devastadora: implicaría que la presión mediática, los ataques en redes sociales y la difamación pueden torcer el brazo de las instituciones. Sería abrir un boquete en la confianza ciudadana, la misma confianza que millones de personas depositaron en el proyecto de transformación que prometió acabar con los privilegios.
La presidenta Sheinbaum no puede ignorar que detrás de cada peso que el fisco deja de recaudar se esconde una oportunidad perdida para quienes más lo necesitan. Cada condonación disfrazada significa menos becas, menos medicinas, menos obras públicas. Significa perpetuar el círculo de injusticia que durante décadas permitió que unos cuantos acumularan fortunas descomunales a costa del esfuerzo colectivo.
Salinas Pliego no está en posición de dictar las reglas del juego. No puede convertirse en árbitro de la legalidad quien ha demostrado tanto desprecio por la misma. Su intento de sentarse en igualdad de condiciones con la presidenta de la República es, además de insolente, un recordatorio de cómo los poderes económicos buscan siempre someter a la política a sus intereses.
La presidenta, por el contrario, tiene una oportunidad histórica. No se trata solo de cobrar una deuda, sino de enviar un mensaje claro: en México, las leyes se cumplen sin importar el tamaño de la chequera o la influencia mediática del deudor. Se trata de demostrar que ningún magnate está por encima del pueblo ni de sus representantes legítimos.
Si algo ha enseñado la historia reciente es que los mexicanos están hartos de componendas entre poder político y poder económico. Las condonaciones y privilegios fiscales del pasado erosionaron la confianza en las instituciones. Ahora, esa confianza no puede volver a quebrarse. La presidenta debe sostenerse firme frente a la tentación del arreglo y recordar que gobierna para millones de ciudadanos, no para un solo empresario.
Negociar con un evasor sería traicionar el espíritu de la Constitución y el mandato popular. La presidenta no puede fallar. El futuro de la justicia fiscal y de la credibilidad de su gobierno está en juego. Y los mexicanos, que han sido víctimas de las trampas y los abusos de las élites durante décadas, no están dispuestos a aceptar otra claudicación.
Por eso somos los rompenueces.









