Trump y la diplomacia como espectáculo

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Pos, ¿qué creen? Donald Trump nunca ha perdido la costumbre de convertir la diplomacia en espectáculo. Si el mundo espera acuerdos, él ofrece cliffhangers; si los jefes de Estado reclaman definiciones sobre un conflicto que amenaza con incendiar Oriente Medio, él reparte silencios calculados y portazos teatrales. Lo hizo en su primer mandato y, ahora de vuelta en la Casa Blanca, repite la fórmula, y es que abandonar la mesa para que todas las cámaras lo sigan hasta la puerta y dejar plantados a quienes esperaba cortejar, es algo que le gusta mucho hacer.

La Cumbre del G‑7 en las Rocosas de Kananaskis era una oportunidad para mostrar coordinación occidental ante dos fuegos cruzados: la guerra en Ucrania y la escalada entre Israel e Irán. Sin embargo, Trump eligió el reflector sobre sí mismo. Canceló las reuniones con Japón, Australia, Ucrania y, por supuesto, con Claudia Sheinbaum, a quien México veía clave para destrabar temas migratorios y comerciales. Su excusa: debía “monitorear la situación iraní”.

Pero su supuesto sentido de urgencia contrasta con la inacción: no presentó hoja de ruta, no delineó sanciones ni propuso mediación. Se limitó a tuitear que Teherán debe “frenar de inmediato su programa nuclear” y, acto seguido, abordó el avión presidencial. En la práctica, su ausencia generó el vacío de siempre: medios y cancillerías dedicaron más tiempo a descifrar su portazo que a evaluar los acuerdos en curso.

Resulta y resalta que que no es la primera vez que utiliza la táctica de la silla vacía. En Hamburgo 2017 se ausentó de la sesión sobre cambio climático; en Biarritz 2019 dejó colgados a los líderes africanos que pedían financiamiento para energía limpia. Hoy, el fantasma iraní le sirve de coartada perfecta para repetir el truco. Mientras tanto, los otros seis socios intentan redactar un comunicado que suene firme sin el aval de Washington.

En la lógica trumpiana, la ausencia pesa más que la presencia, porque sin la figura del presidente estadounidense, cualquier foto oficial luce incompleta. Y Trump lo explota: si no controla la narrativa con propuestas, la controla con ausencias. Así convierte el G‑7 en un reality show donde él dicta la pauta, incluso cuando deja el escenario vacío.

Lo preocupante es que su estrategia obstruccionista vacía de contenido foros creados para gestionar crisis globales. El G‑7 nació para enviar señales de estabilidad; cuando la potencia hegemónica lo reduce a escenario de vanidad, la señal es la contraria. Firmar al margen un acuerdo comercial con Reino Unido apenas maquilla la imagen de un líder que huye del debate difícil y dinamita la coordinación multilateral.

Quizá en los próximos días anuncie, vía tuit, que prepara “la gran solución” para el conflicto entre Israel e Irán. Ya conocemos el guion: el titular ocupará la conversación, los mercados se agitarán y, al final, ninguna decisión real emergerá. Mientras tanto, Sheinbaum y los demás deberán reprogramar sus agendas y cruzar los dedos para que el showman decida, otra vez, si entra o sale de escena.

En política exterior el ruido distrae, pero no resuelve. Y Trump, experto en fabricarlo, parece decidido a prolongar el suspenso indefinidamente. El resto del mundo no tiene tiempo para su espectáculo.

Por eso somos los rompenueces.

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