Pos, ¿qué creen? Por momentos, Donald Trump parece más un personaje de telenovela rancia que el líder del país más poderoso del mundo. La escena es grotesca: después de pasear a Elon Musk por los pasillos de la Casa Blanca, de darle silla, micrófono y cámara en su despacho, hoy lo amenaza con quitarle todo. Incluida, de forma absurda, su residencia en Estados Unidos. ¿Qué ha cambiado? No el fondo ideológico —que nunca ha estado claro— sino el humor volátil de un hombre incapaz de gobernar más allá de sus impulsos.
Hace apenas unos meses, Trump se subía a un Tesla frente a las cámaras. Lo hacía en nombre de la innovación, del progreso, del “Make America Great Again” con esteroides tecnológicos. Musk era entonces su “golden boy”, el empresario visionario que podía llevar a Estados Unidos de vuelta a la carrera espacial y a la supremacía automotriz. Hoy, en cambio, lo retrata como un parásito de las subvenciones y desliza la posibilidad de deportarlo, como si Musk no tuviera nacionalidad estadounidense o como si Trump no lo hubiese convertido, a voluntad, en parte de su gabinete.
¿Se trata de una pérdida de confianza? No. Trump nunca ha confiado en nadie que no se postre. La fidelidad, para él, es sinónimo de servidumbre. El problema es más grave: estamos ante un individuo con el dedo en el botón nuclear y el carácter emocional de un adolescente despechado.
El discurso que ahora lanza contra los coches eléctricos no tiene lógica ni memoria. “Nadie quiere un coche eléctrico”, dice, aunque él mismo se subió a uno frente a la prensa. “Es ridículo obligar a la gente”, alega, como si alguna vez el debate fuera sobre mandatos universales y no sobre incentivos estratégicos frente a la crisis climática. En lugar de liderar una transición tecnológica, Trump prefiere incendiar el tablero si no es él quien lo mueve.
Pero lo más alarmante no es el desprecio a la verdad o a la coherencia —eso ya lo conocíamos—, sino su amenaza de usar el poder del Estado para castigar disidencias. Musk, con todos sus excesos y contradicciones, se atrevió a advertir a los congresistas republicanos que apoyar a Trump podría costarles las primarias. Y el presidente respondió como un capo de barrio: te quito el dinero, te quito los contratos… te quito el país. No hay ideología, hay revancha. No hay política, hay vendetta.
El mensaje para Estados Unidos y el mundo es claro: Trump no distingue entre enemigo y exaliado. No importa si fuiste su asesor, su patrocinador o su cómplice. Si un día te atreves a disentir, te lanza a los lobos. ¿Cómo confiar en alguien así? ¿Cómo entregar el timón del país a un hombre que convierte cada desacuerdo en guerra personal?
Resulta y resalta que Donald Trump no está solo equivocado; está peligrosamente inestable. Hoy es Musk, mañana será otro. Porque su criterio no es la ley, ni el bienestar de los estadounidenses. Es el ego. Y no hay subvención ni cohete que alcance para cubrir los cráteres de su vanidad.
Por eso somos los rompenueces.









