Pos, ¿qué creen? Por más que Donald Trump se esfuerce en vestir de diplomacia lo que claramente es una agresión disfrazada de “prevención sanitaria”, el cierre de la frontera al ganado mexicano huele a jugada política de baja estofa. Como en otras ocasiones, el expresidente convertido de nuevo en mandatario ha encontrado en México un blanco conveniente para satisfacer las pulsiones electorales de su base más reaccionaria.
Y es que la excusa del gusano barrenador es tan endeble como cínica. No porque la plaga no exista —México ha reconocido su presencia—, sino porque la distancia entre los estados del norte del país, exportadores de ganado, y la zona afectada en el sur supera los mil kilómetros. Para cualquier técnico con un mínimo de rigor, no hay razón lógica para mantener ese cierre. Pero cuando se trata de Trump, la lógica no importa: lo que importa es el espectáculo.
El mismo guion de siempre: levantar una barrera, agitar el fantasma de la amenaza mexicana, castigar económicamente a un sector específico para luego posar como defensor del pueblo estadounidense. Ya lo hizo con el jitomate, con el acero, con los migrantes y ahora con el ganado. Una tras otra, sus acciones son ejemplos de cómo utilizar el aparato del Estado para apuntalar su narrativa de guerra constante contra el “vecino incómodo”.
No se trata de sanidad animal, sino de una política enferma. Una en la que funcionarios del gabinete trumpista —algunos reciclados del ala más radical del anterior mandato— tienen como misión no velar por el bienestar de los ciudadanos estadounidenses, sino por las encuestas de su jefe.
La presidenta Claudia Sheinbaum, con la serenidad que la distingue, pidió que se clarifiquen los indicadores técnicos que justifican el cierre. No hay problema, dijo, si se trata de proteger la sanidad. Pero sí lo hay cuando la política exterior se contamina con fines electoreros. Tiene razón. No es un asunto veterinario, es un síntoma de algo más profundo: el uso sistemático de México como chivo expiatorio en la campaña de Trump.
Resulta y resalta que lo más preocupante es que este patrón de hostilidad no se detiene, sino que se amplifica en tiempos electorales. A cada golpe a la economía mexicana, a cada cierre injustificado, a cada medida unilateral, lo acompaña una fanfarria de declaraciones beligerantes en redes sociales y mítines. El mensaje es claro: México sigue siendo el enemigo favorito del trumpismo. Y cada vez que lo golpean, ganan aplausos.
Pero el mundo observa. No se puede tapar con excusas sanitarias una maniobra tan torpe como peligrosa. El comercio bilateral, que tanto ha costado construir, no puede estar al capricho de un político que juega con fuego mientras se pasea por los pasillos del poder. Hoy es el ganado. Mañana será otro producto. Otro pretexto. Otra forma de castigar al vecino para alimentar la farsa del nacionalismo populista.









