Pos, ¿que creen? Por fin, una buena noticia que se siente en la mesa de millones de hogares: la inflación en México se moderó a 3.51 por ciento anual en julio de 2025. Después de meses —y años— de presión sobre los bolsillos, el descenso de los precios, sobre todo en frutas y verduras, representa más que un dato técnico: es un respiro para quienes han vivido al límite, reorganizando gastos, posponiendo compras y haciendo malabares con cada peso.
Las cifras del INEGI muestran que esta baja es la más pronunciada desde diciembre de 2020. Pero más allá de lo que digan los números, lo importante es lo que ya se empieza a notar en los tianguis, mercados y supermercados: el jitomate bajó, el aguacate también, el pollo retrocedió, y hasta la uva —ese lujo de la clase media— cayó más de 18 por ciento. La gente lo nota. No en grandes cantidades, pero sí en esa pequeña diferencia que permite llevar un poco más de comida a casa.
La moderación no es uniforme. Es cierto que algunos productos —como el huevo, el transporte aéreo o el nopal— subieron de precio, y que el componente subyacente, que marca la tendencia en el mediano plazo, aún muestra resistencia, con un aumento de 4.23 por ciento anual. También es cierto que la caída en la inflación se explica, en buena medida, por una base de comparación elevada del año pasado y por un respiro climático que ha favorecido los cultivos. Aun así, negar el impacto positivo de este descenso sería insensible.
Para quienes viven al día, no es lo mismo enfrentar un alza anual del 4.32 por ciento que una del 3.51. Ese punto porcentual puede significar la diferencia entre mandar lonchera completa o media, entre comprar el kilo completo o los medios kilos que se piden con timidez y resignación.
Esta baja en la inflación coincide con el debate en el Banco de México sobre un posible recorte en la tasa de interés. La expectativa de que se reduzca a 7.75 por ciento abriría la puerta a créditos más accesibles, otra bocanada de aire para hogares y pequeños negocios que han enfrentado condiciones duras de financiamiento. No se trata de un cambio abrupto ni de una solución mágica, pero sí de una señal de alivio en medio de un entorno económico que ha sido particularmente adverso para quienes menos tienen.
Resulta y resalta que la inflación es uno de esos males silenciosos que corroe la vida cotidiana sin hacer ruido. No hay conferencias de prensa para anunciar que el arroz cuesta más o que el aceite subió otro peso. Pero sus efectos son profundos: moldean la dieta de las familias, alteran sus rutinas, empujan al endeudamiento o a la renuncia de ciertos hábitos esenciales. Por eso, cuando la inflación cede, por mínima que sea, se siente como una victoria.
Todavía falta mucho para cantar victoria. La inflación de servicios —sobre todo restaurantes, alimentos preparados y vivienda— sigue empujando al alza. Además, el impacto del gusano barrenador en productos pecuarios mantiene presión en esa parte del índice. Pero al menos por ahora, el panorama ha cambiado: se pasó de la alarma a la vigilancia, de la urgencia al monitoreo cuidadoso.
Que no se nos olvide, en medio de los análisis técnicos, que detrás de cada décima porcentual hay rostros concretos: madres que estiran el gasto, abuelos que administran su pensión, jóvenes que buscan independizarse y no pueden. Para ellos, una inflación de 3.51 por ciento no es un dato: es una pausa en la asfixia. Es el derecho a respirar un poco mejor.
Por eso somos os rompenueces.









