Pos, ¿qué creen? de los mayores desafíos que enfrenta la Cuarta Transformación es, sin duda, la falta de movilidad social en México. A pesar de los avances en la reducción de la pobreza, el país sigue atrapado en una realidad preocupante: tres de cada cuatro mexicanos que nacen en un hogar pobre permanecen en esa condición toda su vida. La desigualdad estructural, heredada de décadas de políticas económicas excluyentes, sigue pesando sobre las nuevas generaciones, limitando sus oportunidades y perpetuando la pobreza intergeneracional.
Y es que el dato es contundente. Julio Serrano Espinosa, presidente del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), lo dijo claro en el seminario «30 años de la crisis financiera de 1994-1995»: si naces en el quintil más pobre, hay una probabilidad altísima de que no logres salir de esa condición. De cada diez niños que crecen en hogares muy pobres, cinco permanecerán en el mismo nivel de precariedad en su adultez, mientras que apenas tres de cada cien conseguirán escalar hasta el quintil de hogares más ricos. En otras palabras, el llamado «sueño mexicano», donde el esfuerzo individual garantiza la movilidad social, sigue siendo un mito para la gran mayoría.
Resulta y resalta que el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) refuerza este panorama con cifras alarmantes. León, Guanajuato; Ecatepec de Morelos, Estado de México; e Iztapalapa, en la Ciudad de México, encabezan la lista de municipios con más jóvenes en situación de pobreza. En cada uno de estos municipios, más de 160 mil jóvenes viven sin acceso a condiciones básicas para su desarrollo. A estos se suman Puebla, Chimalhuacán, Toluca, Nezahualcóyotl, Tijuana, Zapopan y Naucalpan, donde las cifras también resultan desalentadoras.
El problema se agrava cuando observamos a la infancia. Mientras que el 36.3% de la población total vivía en pobreza en 2022, en el caso de niños, niñas y adolescentes (NNA) la cifra sube a un alarmante 45.8%. Pero el dato más lacerante se encuentra en la niñez y adolescencia indígena: el 50.2% de estos menores viven en pobreza extrema y el 93.9% carece de acceso a la seguridad social. ¿Cómo podemos aspirar a una sociedad más justa cuando la niñez, especialmente la indígena, crece sin oportunidades reales para mejorar su calidad de vida?
Si bien la 4T ha impulsado programas de bienestar como becas para estudiantes, pensiones para adultos mayores y apoyos a sectores vulnerables, la movilidad social sigue siendo una deuda pendiente. La pobreza no se combate solo con transferencias económicas; se necesita una transformación profunda de las estructuras que perpetúan la desigualdad. Esto implica fortalecer la educación pública con calidad, garantizar acceso a servicios de salud universales y eficaces, fomentar empleos bien remunerados y desarrollar políticas de acceso equitativo a la vivienda.
A pesar de los avances en la reducción de la pobreza entre 2020 y 2022, la realidad sigue siendo que los niños más pequeños son los más afectados. Casi la mitad de los menores de primera infancia (48.1%) viven en pobreza, y más del 59% no tiene acceso a seguridad social. Además, existen enormes disparidades geográficas: mientras que en el sureste del país el 62.5% de la niñez y adolescencia vive en pobreza, en el noroeste la cifra es del 24%. Esto demuestra que el reto no solo es económico, sino también territorial y estructural.
La Cuarta Transformación debe asumir con seriedad este desafío. No basta con reducir la pobreza si no se construyen los mecanismos para que quienes nacen en situaciones desfavorables puedan aspirar a un futuro distinto. La movilidad social debe convertirse en una prioridad de gobierno si queremos un país donde el lugar de nacimiento no determine el destino de una persona. De lo contrario, el discurso de cambio se quedará corto frente a una realidad que sigue condenando a millones de mexicanos a una pobreza de la que no pueden escapar.
Por eso somos los rompenueces.