El Senado presencia el espectáculo más bajo en la era de Alito

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Alerta Calor

Pos, ¿qué creen? En la historia parlamentaria mexicana, los debates han sido ásperos, los desencuentros inevitables y las descalificaciones, una moneda corriente. Pero lo que ocurrió en la vieja sede de Xicoténcatl no fue política, fue barbarie. Lo sucedido no se puede maquillar como un exceso de pasión ni justificar con argumentos de oposición férrea: se trató de violencia en su estado más primitivo, encabezada por Alejandro “Alito” Moreno, dirigente del PRI, quien demostró que su lugar no está en el Senado, sino en un cuadrilátero.

Resulta y resalta que el episodio lo retrata con exactitud. Molesto porque no se prolongó una discusión que él exigía, Moreno perdió la compostura apenas se entonó el Himno Nacional. Subió a la tribuna no para debatir ideas, sino para lanzar golpes y amenazas. “Te voy a romper la madre”, gritó, como si los muros de ese recinto fueran los de una cantina y no los de una institución que carga con el peso de casi un siglo de historia legislativa.

La escena se volvió grotesca cuando su furia se dirigió contra un joven fotógrafo, caído al piso y pateado por el dirigente priísta y sus acompañantes. Esa imagen, más que cualquier discurso, simboliza la degradación ética y política del tricolor bajo su liderazgo. Ya no se trata de perder gubernaturas o de quedar fuera de la Mesa Directiva del Senado; se trata de perder lo esencial: la dignidad.

Y es que el PRI, que alguna vez se presentó como el gran árbitro de la política mexicana, hoy se encuentra reducido a espectáculo de redes sociales, incapaz de articular una estrategia que no sea la confrontación violenta o el insulto fácil. Moreno insiste en hablar de “resistencia civil” y denuncia un supuesto régimen “dictatorial”, pero sus actos lo desmienten. ¿Qué tipo de resistencia es la que se expresa a golpes y amenazas en plena tribuna?

La denuncia penal presentada contra él no es solo un procedimiento judicial, es un acto simbólico que señala la línea divisoria entre la política como instrumento democrático y la política degradada en espectáculo vulgar. Lo vergonzoso no es únicamente que un dirigente partidista pierda la razón en público, sino que pretenda justificarlo como defensa de su militancia.

El país no necesita gladiadores disfrazados de legisladores, ni dirigentes que confundan liderazgo con bravata. La violencia de Moreno no solo agredió a legisladores y trabajadores del recinto; agredió a la ciudadanía que exige un mínimo de respeto a las instituciones. Cada golpe lanzado en la tribuna fue también un golpe a la credibilidad del propio PRI, que acumula derrotas y ahora suma vergüenzas.

La historia lo recordará no como el opositor que se enfrentó a un sistema, sino como el dirigente que arrastró a su partido a la caricatura. Bajo su mando, el PRI ha perdido gubernaturas, representación en el Senado y ahora también autoridad moral. Con cada arrebato, Moreno confirma que su legado será el del ocaso, no el de la renovación.

El Senado, por su naturaleza, exige debate, negociación y altura de miras. Alito Moreno demostró que carece de las tres. No merece estar en un recinto donde la palabra debería ser el único instrumento de confrontación. Y si todavía hay quienes dudan de ello, basta con recordar la escena: un dirigente partidista, enardecido, persiguiendo a gritos a sus adversarios, mientras golpea a un joven trabajador. Esa no es política, es decadencia.

Por eso somos los rompenueces.